Nicolas Portales
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27 de agosto de 2015
Frente a la ventana
Él recogió la navaja que llevaba ella. Ella la había usado para podar las rosas de la maceta. El había estado todo el día mirando por la ventana en aquel sillón morado. Ella fue quien abrió. Pero en verdad abrió él. Ella había estado sentada en el sillón verde mientras él leía el periódico. Era un niño quien atendió la puerta. Una pareja fue quien había tocado. Era él y ella. ¿Qué es lo que necesita?. Preguntó ella al niño que había tocado la puerta. Él aún estaba sentado frente a la ventana. El periódico mostraba una fotografía de unas rosas. Ella lo había asesinado frente al sillón marrón. Habían sido encontradas en la playa. El niño había sido asesinado allí. Las rosas blancas se habían impregnado con la sangre de ella. Él había conducido hasta la playa. El niño había ido con él. Cuando acompañaba a ella, el periódico informaba sobre un accidente. La playa estaba como titular del periódico. Ella dejo la navaja sobre la arena. Él estaba en la selva y ella frente a la ventana mirando a un niño con una navaja. El niño había visto a un niño mirándolo por la ventana. El periódico estaba en la ventana. La fotografía de una ventana estaba en el periódico. Por la ventana se veía el cuerpo de él, en la playa. El mundo giraba. En la playa se veía la sangre del niño. Asesinado por él. Aunque ella lo había asesinado a él. El reloj se había detenido y ella estaba en él. Él estaba mirando por la ventana. Él había muerto. El accidente había ocurrido mientras ellos estaban sentados en el sillón.
20 de mayo de 2015
La Ciudad
La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
Jorge Luis Borges (1899 – 1986)
Llamóla Utopía, voz griega cuyo significado es no hay tal lugar
Quevedo (1580 – 1645)
Mi relato, personal y singular, se adhiere a un género nuevo. Conformado a partir de una minuciosa capacidad detallista en torno a la descripción del espacio y las relaciones en él, lo cual lo haría un informe etnográfico netamente; sin embargo, no acabaría por aburrir a más de alguno. El detalle debe ser capaz de transformarse o reformarse para pasar de un simple hecho visual captado por un sujeto observador y posteriormente imaginado o interpretado por un lector, ha de ser palpado y masticado. Si no se le agregara a este relato lírica un tanto torpe y sudorosa por el abrumador sol de estas fechas en la zona centro – sur no sería más que papel manchado de tinta virtual incapaz de transmitir más que algo similar a los monólogos dominicales de los párrocos, rutina arrítmica y amarga. La guinda de la torta queda supeditada al poderío de la imaginación la cual nunca es tan innovadora como se cree ni absurda como se le acusa en las mesas redondas de los conservadores.
Los hechos se fueron dando de manera apurada, sofocados por el tiempo, empedernida sustancia viscosa que nos hostiga hasta la médula, me fui acercando en idas y venidas rutinarias a la biblioteca municipal de la Ciudad. Me gusta la Ciudad, siempre me ha gustado, me gusta por todas partes, sin embargo es en la nariz donde más la disfruto, sobre todo después de las primeras lluvias que trae cualquier estación del año, en cualquier momento fortuito. Respiro esa húmeda tranquilidad de los cisnes - cuando no son intoxicados - y huelo el plumaje frío de las gaviotas siempre chillonas y poco amigables. La biblioteca siempre me generó expectativa, más debe ser porque el trayecto hacia ella se veía influenciado por el viaje. Desde la playa a ella, uno llega con seis o siete intuiciones más audaces que desde el centro o algún otro lugar dentro de la Ciudad. Dentro de ella, me sentí sólo y plácido. Poco concurrida como los mapas del imperio Otomano, y poco habituada a la interrogante de una mirada penetrante fui conociéndola poco a poco, con la gracia que se conocen los ombligos. No considero justo ni ameno describir la estructura del edificio, es de conocimiento general que de por sí, cuando hay más de un piso se le adjunta una escalera entre piso y techo o entre piso y piso, la perspectiva aquí es lo de menos. Las ventanas, las puertas, las vigas, tablas y estantes, todo distribuido de manera que no nos fuese necesario caminar como lo hacen las hormigas, lamentable o alegremente. Con entusiasmo infantil aclaro en este momento que lo interesante de este relato no pasa por mis metáforas ni por la biblioteca de la Ciudad. Sígame.
Al sentirme desinteresado por lo que aquel lugar pudiese ofrecerme, me digné a recorrer la Ciudad en sí. En ella es todo brisa o tempestad, más la llovizna que algunos enaltecen no es más que los últimos granos del reloj de arena anunciando el verdadero espíritu de la Ciudad. El día que yo recuerdo no llovía, ni indicios había de que sucediese. La tarde era pulcra, el ocaso lo percibí a la altura del puente y fue de urgencia sacra detenerme unos momentos a contemplarlo desde ahí pues el naranjo y el violeta en él resaltan a la pupila de manera espléndida. Solitario, tal cual, como me digné a salir de casa fui en busca de un lobo marino, o al menos de alguno de esos pájaros con cara de humano que tanto abundan por la costanera. Los encontré a ambos, los saludé y seguí mi camino. De improviso caminando por el borde del río, me tendí un rato en el pasto a fumar un cigarrillo, no hacía frío y me abrigaba una chaqueta amarillenta con olor a humedad. El río inevitablemente me hizo pensar en el constante impulso hacia delante, en la imposibilidad absoluta de con el índice hacerle un remolino sustancial, de esos que se hacen cuando uno es pequeño y no entiende mucho de estas cosas. También pensé en un comentario que oí una vez en alguna de mis clases sobre la cultura Aymara y su peculiar visión del Tiempo. Para ellos el futuro es algo que viene detrás y el pasado algo que está por venir, y al referirse a su historia lo hacen de cara al pasado y de espaldas al futuro. El Tiempo, el Espacio y el Lenguaje, algo así como una especie de mosqueteros repulsivos cayendo infinitamente en el universo a través de un vacío conformado por jeroglíficos, tinta y palabras. Desvié mi vista absorta en el río para contemplar que ya el ocaso se desvanecía y las siluetas caían sigilosas. Desde donde estaba, que da igual donde fuese, podía ver la longitud completa del puente, sus pequeños faroles laterales alumbrando hacia arriba y abajo de manera sutil, el paso de los automóviles, bicicletas y los pequeños seres humanos que desde mi punto de vista, caminaban para acá y para allá cortando a intervalos discontinuos con su presencia las lucecillas de los lados y creando nuevas formas con sus cabezas y el reflejo de la luna. Me pareció agradable visualizar esto, me daba una pequeña alegría ver a los seres diminutos que ahora si se desplazaban como las hormigas de más arriba que no tuve el valor de enaltecer a la primera. Más abajo y a mi derecha – se comprenderá que me encontraba a la izquierda, por voluntad propia o por mi escoliosis – el Mercado Fluvial. Es bonito el mercado fluvial, en sus diversas facetas, más siempre me agradan más las cosas en la noche, cuando las observo desde afuera y desde adentro. De noche se aprecia la belleza de las cosas sobre todo estando fuera de ellas, es decir, siendo un espectador de la calma que abunda en el lugar y saboreando la entrada como el paso a una dimensión desconocida. El péndulo de movimiento infinito y desafiante puesto a la vista de todo ente que se desplace por la costanera lo evadí apenas lo visualicé para no caer en alguna alucinación imaginativa que me impidiese continuar mi relato. Me levanté de donde estaba y me persuadí de que había perdido por completo la sensibilidad en mis extremidades inferiores, mis piernas se encontraban flácidas y me costó poder comenzar la marcha, comencé a desplazarme como en cámara lenta y algo robótico, un bosquejo de sonrisa debe haberse marcado en mi rostro.
Me concentré en la búsqueda de algún local donde comprar algo que saciara la sed que me había surgido por el humo del cigarrillo. Cercano a mi posición una botillería de un fulgurante letrero verde y letras blancas me incitaba a adquirir algo para beber. Pasé, no era primera vez que lo hacía, se encontraba vacía y sin saludar pedí dos latas de cerveza. Pagué, agradecí y me retiré.
La tarde había transcurrido, ya me encontraba sumergido en la noche de la Ciudad, no tenía ganas de llamar a nadie, nadie tenía ganas de llamarme. Con las dos cervezas en la mochila me envalentoné a cruzar el puente hacía la Isla. De un momento a otro, me dieron ganas de ir hacia algún lugar que me permitiera respirar la humedad de la noche. La Ciudad otorga el verde que no es tan verde entrada la noche. Llegué a un parque cercano a una especie de laguna, me agradó la agresiva insistencia del pequeño bosque en confrontar su poderío sonoro al de las bocinas y desplazamientos maquinales. Sumergido en el espacio, busqué algún lugar sombrío que permitiera verme las manos, saqué una lata y la bebí raudamente contemplando el puente a medias que se presentaba frente a mi vista. Me recosté un momento observando sobre mí el espectáculo de las copas de los árboles. El viento, inquilino de honor en la Ciudad jugaba con las ramas lanzándolas de un lado a otro, con ímpetu, severidad y ternura, como la madre que no sabe serlo que castiga y se castiga. Pasé un buen momento contemplando el ir y venir estático de los árboles, cerca de mí algunos grupos de personas bebían y dialogaban, a ratos gritaban las palabras, en otros las cantaban.
Me quedaba la última lata, la hora ya era entrada y no tenía dinero en los bolsillos ni en ningún otro lugar. Estaba ansioso, deseaba relatar todo, incluso cuando inhalaba y exhalaba. Crucé el puente de vuelta, con una idea en la cabeza que no era ésta. Casi al llegar a la mitad, me di cuenta que estaba sólo, nadie lo cruzaba conmigo, ni delante ni atrás; también me percaté que mi vista no alcanzaba a visualizar ningún auto. Lo que realicé no fue debido a la cerveza, más se lo otorgo a mi ansiedad. Con cautela me puse del lado externo a la baranda de contención, es decir por fuera, si es que alguna vez estuve dentro. Desabroché mi pantalón y los bajé, y afirmándome con ambas manos hacia atrás a la rejilla fui el hombre más libre de la noche en la Ciudad orinando al Calle Calle sin siquiera sujetar mi miembro. Alguna otra persona tal vez, hubiese gritado de felicidad, yo me contuve a hacerlo pestañando pesada y lentamente, escupiendo el resto de saliva que me quedaba en las muelas. Terminado el acto, y caminando los últimos metros del puente me pregunté si todo el día confluyó para que llegase a tal lugar a realizar la meada circense, y no me quise responder por el miedo que le tengo a los payasos.
El frío no me limitaba, más creí necesario buscar refugio y compañía. Tomé el teléfono y realicé una llamada. La respuesta a mi interrogante fue positiva y al cabo de unos minutos me encontraba sentado en la cama, que por cierto no era la mía. Me preguntó que había hecho y respondí como lo hago siempre, desinteresado y en voz baja. Me preguntó si quería quedarme y contesté que sí, también en voz baja. Y con la última frase que era necesario decir aquella noche antes de dejar de hablar, le conté que a lo mejor escribía sobre la noche de hoy.
Que ya fue la de ayer, la de mañana o la de nunca.
Equeco
17 de abril de 2015
Mañanas
Cuando dan las siete en punto de la mañana, suena el tenue despertador. Se escuchan dos quejidos y un lamento antes que se encienda la lámpara de la mesa. Un poco menos de 10 segundos tarda el hombre en levantarse de la cama, e ir a la cocina para calentar el agua que cebará el primer mate del día.
Mientras hierve el agua, el hombre vuelve a su pieza para desnudarse, y con frío vestir sus ropas del día anterior. Muchas veces éstas huelen mal, pero a él ya no le importa, finge creer que su colonia barata logra ocultar su desinterés humano.
Aún en calcetines, el hombre se sienta silencioso a tomar un breve desayuno, un sobrio pan y un azaroso engaño a la barriga. Cuando repentinamente bosteza, lo hace mirando hacia afuera, como si algo buscase a través del intermediario vidrio. Pero nada mucho ve en aquella sucia ventana que sólo deja mostrarle la brillosa oscuridad mañanera.
Son en esos momentos cando el hombre se queda, esperando que detrás de la rendija, algo pase: el vuelo de un pájaro aún adormecido, la puntualidad de las primeras auroras, o cualquier bendita intromisión.
Pero nada, las mañanas son casi idénticas unas de otras.
Entonces entra al baño, cepilla sus dientes, y sólo si se acuerda lava de su cara los rastros de un interrumpido sueño. Antes de salir, permanece observándose frente al espejo fijamente a los ojos, como si con el peso de su mirada pudiese hacer hablar a quién atrás se esconde.
Pero nada, las mañanas son casi idénticas unas de otras.
Entonces el hombre ata sus cordones, recoge su mochila y sale presuroso de su casa. En el camino saca su chauchero, cuenta las monedas para el pasaje y coloca los ciento cincuenta pesos en su bolsillo izquierdo. Si la mañana llueve, camina con rápidas pisadas y la mirada gaucha, pero si no, un espino y pensativo aire lo hacen andar. Mientras espera la micro, mira la hora y calcula cuánto se demorará, mira también los cielos y piensa sobre el clima. Al subirse saluda al chofer, paga y a veces, da las gracias. Luego busca un lugar donde pueda sentirse cómodo para dar rienda suelta a sus infinitas mediaciones, por lo general un esquinado asiento al fondo de la micro.
He ahí el flujo de la dispersión. Y entonces no puedo yo contar la historia de los días y de las noches de este hombre de rutinarias mañanas.
Zacarías Flores
Mientras hierve el agua, el hombre vuelve a su pieza para desnudarse, y con frío vestir sus ropas del día anterior. Muchas veces éstas huelen mal, pero a él ya no le importa, finge creer que su colonia barata logra ocultar su desinterés humano.
Aún en calcetines, el hombre se sienta silencioso a tomar un breve desayuno, un sobrio pan y un azaroso engaño a la barriga. Cuando repentinamente bosteza, lo hace mirando hacia afuera, como si algo buscase a través del intermediario vidrio. Pero nada mucho ve en aquella sucia ventana que sólo deja mostrarle la brillosa oscuridad mañanera.
Son en esos momentos cando el hombre se queda, esperando que detrás de la rendija, algo pase: el vuelo de un pájaro aún adormecido, la puntualidad de las primeras auroras, o cualquier bendita intromisión.
Pero nada, las mañanas son casi idénticas unas de otras.
Entonces entra al baño, cepilla sus dientes, y sólo si se acuerda lava de su cara los rastros de un interrumpido sueño. Antes de salir, permanece observándose frente al espejo fijamente a los ojos, como si con el peso de su mirada pudiese hacer hablar a quién atrás se esconde.
Pero nada, las mañanas son casi idénticas unas de otras.
Entonces el hombre ata sus cordones, recoge su mochila y sale presuroso de su casa. En el camino saca su chauchero, cuenta las monedas para el pasaje y coloca los ciento cincuenta pesos en su bolsillo izquierdo. Si la mañana llueve, camina con rápidas pisadas y la mirada gaucha, pero si no, un espino y pensativo aire lo hacen andar. Mientras espera la micro, mira la hora y calcula cuánto se demorará, mira también los cielos y piensa sobre el clima. Al subirse saluda al chofer, paga y a veces, da las gracias. Luego busca un lugar donde pueda sentirse cómodo para dar rienda suelta a sus infinitas mediaciones, por lo general un esquinado asiento al fondo de la micro.
He ahí el flujo de la dispersión. Y entonces no puedo yo contar la historia de los días y de las noches de este hombre de rutinarias mañanas.
Zacarías Flores
31 de diciembre de 2014
Vueltasinvuelta
Miré hacia atrás pensando que alguien me seguía, y cuando lo
hice, vi sólo mi sombra siguiendo simétricamente mis pasos. Caminé con más
tranquilidad, lentitud y con especial cautela por lo que mi andar descubría,
como un curioso y concienzudo gato.
Para mi no-sorpresa, los edificios y el bullicio saltaban a
mi encuentro. Por suerte, la noche era fresca e inocente, de esas cuando te
sientes ligero y con el presentimiento de que algo te va a pasar o con alguien
te encontrarás. Sin embargo, yo me sentía truncado, y a pesar que andaba yo sin
mochila ni carga alguna, dolíame la espalda y el cuello de una exagerada
manera, y mis pies vacilaban desequilibrándome cada cierta esquina.
Cuando llegué a la luz de la calle principal, y mi rostro se
hizo visible, de inmediato me sentí en peligro, como si un secreto los faroles
quisieran arrancarme. Acomodé rápidamente mi gorro y la capucha de mi polerón
para protegerme de cualquier ilusa amenaza.
“He vuelto” pensé, y me invadió un súbito escalofrío
citadino que recorrió mi espalda.
Cuando me subí a la micro en dirección a la casa en donde
estaba durmiendo, me entristecí, con una nostálgica y niña pena. Iba en los
últimos asientos, como siempre, y por la ventana desfilaba la danzante cruda
realidad. Yo, quieto desde mi butaca, rememoraba en el viaje aquellas esquinas,
callejones y plazas que se atisbaban, pero me sentía ajeno, lejano, casi
irreconocible.
“He vuelto, pero en realidad nunca volví” me dije, y al
hacerlo se me dibujó una tenue sonrisa involuntaria. Del otro lado, un niño me
interrumpió y dijo que eso era prácticamente imposible, que la ciencia no lo
permitía.
Cuando me vi a oscuras en mi cama y mis aires sureños,
entendí que era sólo un sueño y que aquél niño estaba completamente equivocado.
(Si no se entendió, se refiere a que, efectivamente, había
vuelto sin volver y todo lo relativo a la ciencia y la práctica quedó objetado)
Un pro-no-tipo cualquiera
21 de noviembre de 2014
Yo fui futbolista
El club se llamaba Independiente, Juventud Independiente. En la cancha con "pelones" y hoyos del club, que estaba cercada por una barata reja de alambre y que contaba con dos precarios camarines construidos con madera llena de huecos donde la euforia y el nerviosismo pintaban nuestros zapatos con "pepas", gesticulé mis primeras jugadas con el balón despellejado que a veces se quedaba pegado en el barro y ahogaba un grito de gol. Sí claro, teníamos una indumentaria "albi roja" insigne del equipo. La polera, que amablemente lavaban unas señoras en la semana, me llegaba hasta las rodillas y las medias con "papas" casi hasta los testículos, por lo que tenía que arremangármelas durante los 90 minutos de cada encuentro, si es que no me sacaban antes. Alrededor de la cancha vendían cervezas y completos, la gente se acomodaba a ver los partidos y a gritar diversos improperios que adornaban el suceso predilecto de los fines de semana en el pueblo, era como si nos transportáramos a otro planeta donde solo existía el juego, o eso veía con mis humildes ojos infantiles. Si el equipo visitante convertía la gente se transformaba en el verdugo oficial del equipo, esto potenciado por el alcohol y otras sustancias estimulantes claramente. A veces se armaban riñas con los aficionados del equipo forastero que terminaban en cuchillazos y botellas de cerveza cristal rotas, pues el amor a los colores de Independiente eran rigurosamente inquebrantables. Yo sólo observaba, asustadizo. Intente de 7 pero luego me afirmé definitivamente en la retaguardia del once titular, mientras arriba, un niño que usaba la 9 y que adormecía en sus flacas canillas llenas de cicatrices y costras condiciones extraordinarias para el fútbol, comandaba los ataques que casi siempre terminaban en hermosos goles que nos hacían estirar los brazos al cielo, en un grito de gol aún más potente que el de Alexis en el Arsenal. Supe que a este mago del fútbol una vez le falsificaron la firma y no pudo volver a jugar con nosotros, por lo que nuestro rendimiento se vino abajo. El joven delantero no tenía más de 12 años. Yo fui creciendo y me largué del pueblo gracias a mis padres en busca de una mejor educación en un mejor colegio de la región, nunca volví a ver la camiseta de Independiente ni menos a aquel pendejo que jugaba igual al Ronaldo de Brasil, aunque supe tiempo después que varios compañeros del club tuvieron hijos, se volvieron drogadictos o simplemente no terminaron sus estudios. Hoy quizás nuestro 9, a quién yo miraba con una ilimitada admiración celosa de cabro chico, se refugia en el extremo del campo y se dispone con cervezas y otras cosas a disfrutar de un sueño interminable que tuvimos todos, y que cada domingo, cuando el pitazo del vecino que era árbitro retumbaba y daba inicio al fulminante latir de nuestros corazones, se hacía realidad.
N.G.
17 de octubre de 2014
La gata negra
(Una gata negra cruzó mis dudas.)
Caminaba sin prisa aparente, mientras la calle permanecía extrañamente deshabitada: no volaba ni un sólo petulante pensamiento, a excepción de los míos claro, que inevitablemente inundaban el pasaje con grises tonalidades.
La gata negra transitó a mi lado, y si bien estaba distante, se mantenía atenta a cualquier movimiento ajeno. Se paseaba entre las penumbras quejumbrosas del nublado atardecer, apareciendo y desapareciendo con elegante deambular. Seguía concienzudamente mis pisadas y yo al percatarme de su iluso interés, me detuve y le cuchichié para que se acercara. Pero la gata quedó perpleja, y noté de inmediato en su fijo mirar, una atestada inseguridad y un asombro innato. Y en esa tensa y cauta interacción de miradas, nos mantuvimos alertas.
Cuando dí un paso hacía ella, la gata dio una pequeña marcha atrás (sin nunca romper los hilos que unían nuestros ojos). Decidido a esperar, me senté lentamente sobre mis tobillos y sin moverme ni un centímetro, clavé mi mirada en la suya con brava cortesía.
La gata negra, percatando mi paciente e inusual actitud, se acercó paulatinamente hacía mí, como si cada pisada fuese un aliento alimentando su valerosa intriga.
En cosa de minutos (que para mí fueron eternos), la gata se ubicó a tan solo un mísero metro. Con delicadeza, extendí mi brazo y mi palma, con afectuoso y manso aprecio.
La gata, en un principio levemente sorprendida, arrimó su torso y luego su cola entre mi brazo colgante. Después, con natural confianza y desenvolvimiento, apoyó sus finas patas delanteras sobre mi pecho, dejándose acariciar.
Su pelaje era de una sedosidad caprichosa y en pequeños movimientos controlados, se entregaba afanada a mi ternura.
Y en ese lindo y mutuo arrumaco, ocupamos la ya oscura y siempre vacía calle.
(Pero sólo momentáneamente, pues, ambos seguimos nuestro incierto camino, sin nunca mirar atrás.)
Thor
Caminaba sin prisa aparente, mientras la calle permanecía extrañamente deshabitada: no volaba ni un sólo petulante pensamiento, a excepción de los míos claro, que inevitablemente inundaban el pasaje con grises tonalidades.
La gata negra transitó a mi lado, y si bien estaba distante, se mantenía atenta a cualquier movimiento ajeno. Se paseaba entre las penumbras quejumbrosas del nublado atardecer, apareciendo y desapareciendo con elegante deambular. Seguía concienzudamente mis pisadas y yo al percatarme de su iluso interés, me detuve y le cuchichié para que se acercara. Pero la gata quedó perpleja, y noté de inmediato en su fijo mirar, una atestada inseguridad y un asombro innato. Y en esa tensa y cauta interacción de miradas, nos mantuvimos alertas.
Cuando dí un paso hacía ella, la gata dio una pequeña marcha atrás (sin nunca romper los hilos que unían nuestros ojos). Decidido a esperar, me senté lentamente sobre mis tobillos y sin moverme ni un centímetro, clavé mi mirada en la suya con brava cortesía.
La gata negra, percatando mi paciente e inusual actitud, se acercó paulatinamente hacía mí, como si cada pisada fuese un aliento alimentando su valerosa intriga.
En cosa de minutos (que para mí fueron eternos), la gata se ubicó a tan solo un mísero metro. Con delicadeza, extendí mi brazo y mi palma, con afectuoso y manso aprecio.
La gata, en un principio levemente sorprendida, arrimó su torso y luego su cola entre mi brazo colgante. Después, con natural confianza y desenvolvimiento, apoyó sus finas patas delanteras sobre mi pecho, dejándose acariciar.
Su pelaje era de una sedosidad caprichosa y en pequeños movimientos controlados, se entregaba afanada a mi ternura.
Y en ese lindo y mutuo arrumaco, ocupamos la ya oscura y siempre vacía calle.
(Pero sólo momentáneamente, pues, ambos seguimos nuestro incierto camino, sin nunca mirar atrás.)
Thor
15 de octubre de 2014
Negación
Quedamos en juntarnos en la Quinta Normal, como siempre. Yo pensé que sería una tarde de parque, de mirar el cielo, mirarnos a los ojos y sonreír embobados. Yo pensé que él me gustaba.
Cuando llegué al parque, el me vio, sonrío como siempre al igual que yo, y nos sentamos en el pasto, a mirar el cielo. Hasta aquél momento todo transcurría como yo pensaba; nos faltaba mirarnos a los ojos y sonreír embobados. Y pasó. Estaba entonces feliz, dichosa de creer que estaba enamorada y mirando al muchacho como si fuera el hombre más atractivo del mundo. Cosa que no lo era, obviamente. Ni estaba cerca.
De pronto me preguntó si quería acompañarlo a buscar un cuaderno (o algo así) a donde él dormía. No era su casa. Era un ex cibercafé de su abuelo que se convirtió en un cementerio de computadores y, al fondo, había una pieza muy pequeña en donde yacía una cama y estantes con cuadernos. Se quedaba allí en la semana, ya que le quedaba al lado del colegio (él iba en el INBA). Era entonces como una especie de casa, pero con solamente una pieza y un precario baño. Le dije que bueno, que no nos demoráramos mucho.
Llegamos al lugar; olía a viejo y era muy tétrico con estos computadores llenos de polvo en todos los rincones y sin iluminación. La pieza era minúscula; efectivamente solo tenía una cama ya que no cabía nada más allí. Nos sentamos en la cama y el empezó a buscar su cuaderno.
Yo miraba curiosa y pensando que no tenía que tener prejuicios, que era un lugar acogedor aunque no fuese muy bonito.
Encontró su cuaderno y me miró. Empezamos a darnos besos.
Luego de un rato la situación se tornó más adulta. Yo tenía trece años. Él quería, yo no.
Sin embargo, no pude pronunciar la palabra '' no '', no salía, no me acordaba de cómo decirla, simplemente comencé a llorar mientras el intentaba transformarme en una mujer.
Pensaba, mientras miraba aquél techo y esa luz colgante sin lámpara, que quizá era muy pequeña, que tenía miedo, que no sabía lo que estaba haciendo, y que me dolía muchísimo.
Luego nos fuimos, yo lo abrazaba, confundida, sin saber si lo quería más o lo odiaba por lo que había pasado.
Nos despedimos en la estación de metro y nunca más lo volví a ver, ya que aquella misma tarde, luego de procesar lo que había sucedido, le dije que no quería seguir con él, pues no le importó que yo llorase a su lado mientras el seguía en lo suyo. Había sido egoísta, y yo había sido muy ingenua.
Lo peor del asunto fue contarle a mi madre; lloró y yo lloré pidiéndole perdón, esperando que aquella vez no fuese considerada ni recordada por mí, ni por nadie, cómo mi primera vez.
Eiti Leda
Cuando llegué al parque, el me vio, sonrío como siempre al igual que yo, y nos sentamos en el pasto, a mirar el cielo. Hasta aquél momento todo transcurría como yo pensaba; nos faltaba mirarnos a los ojos y sonreír embobados. Y pasó. Estaba entonces feliz, dichosa de creer que estaba enamorada y mirando al muchacho como si fuera el hombre más atractivo del mundo. Cosa que no lo era, obviamente. Ni estaba cerca.
De pronto me preguntó si quería acompañarlo a buscar un cuaderno (o algo así) a donde él dormía. No era su casa. Era un ex cibercafé de su abuelo que se convirtió en un cementerio de computadores y, al fondo, había una pieza muy pequeña en donde yacía una cama y estantes con cuadernos. Se quedaba allí en la semana, ya que le quedaba al lado del colegio (él iba en el INBA). Era entonces como una especie de casa, pero con solamente una pieza y un precario baño. Le dije que bueno, que no nos demoráramos mucho.
Llegamos al lugar; olía a viejo y era muy tétrico con estos computadores llenos de polvo en todos los rincones y sin iluminación. La pieza era minúscula; efectivamente solo tenía una cama ya que no cabía nada más allí. Nos sentamos en la cama y el empezó a buscar su cuaderno.
Yo miraba curiosa y pensando que no tenía que tener prejuicios, que era un lugar acogedor aunque no fuese muy bonito.
Encontró su cuaderno y me miró. Empezamos a darnos besos.
Luego de un rato la situación se tornó más adulta. Yo tenía trece años. Él quería, yo no.
Sin embargo, no pude pronunciar la palabra '' no '', no salía, no me acordaba de cómo decirla, simplemente comencé a llorar mientras el intentaba transformarme en una mujer.
Pensaba, mientras miraba aquél techo y esa luz colgante sin lámpara, que quizá era muy pequeña, que tenía miedo, que no sabía lo que estaba haciendo, y que me dolía muchísimo.
Luego nos fuimos, yo lo abrazaba, confundida, sin saber si lo quería más o lo odiaba por lo que había pasado.
Nos despedimos en la estación de metro y nunca más lo volví a ver, ya que aquella misma tarde, luego de procesar lo que había sucedido, le dije que no quería seguir con él, pues no le importó que yo llorase a su lado mientras el seguía en lo suyo. Había sido egoísta, y yo había sido muy ingenua.
Lo peor del asunto fue contarle a mi madre; lloró y yo lloré pidiéndole perdón, esperando que aquella vez no fuese considerada ni recordada por mí, ni por nadie, cómo mi primera vez.
Eiti Leda
Hipocresía
Qué mujer más fea. Miren esa nariz gigante, parece unas pequeñas colinas que intentan juntarse a cualquier costo, pero no lo logran. Una escalera. Y negra más encima. Pareciera que todo lo que tuviese alrededor de su nariz y de su boca es un repulsivo piñén acumulado de días o quizá semanas sin afrontar una ducha. Un arduo trabajo. Examinemos sus ojos en más detalles; profundas cavidades opacas, sin expresión, con una gran masa en el sector del párpado - que no debería estar allí claramente por simple leyes de la estética- que sólo afecta su mirada, tornándola patética y somnolienta. Su físico deja mucho que desear, se nota que no ha hecho ejercicio en meses, puede que hasta en años. Tiene esos horribles pliegues en su barriga y en su espalda, generando un efecto acuoso en su polera de color celeste. Es como un monstruo marino. Sus piernas se tocan y sus rodillas también, con sus pies apuntando cada uno para un lado, como un camaleón. Se deduce que tiene un feo caminar. Contextualizo: Está parada allí, en la micro, en medio de la gente, mientras yo la observo con la más dedicación, porque soy un admirador de la estética, ya sea de lo feo o de lo bello. Prosigamos. Su cabello negro, grueso y grasoso le cae sin piedad en su cara, generándole probablemente una escasa visión opacada por esas aceitosas cortinas negras. Me repugna su vestimenta; sus pantalones no son de su talla ya que le quedan inflados en el lugar de la pelvis, como un pañal. ¿ Se dará cuenta cuando sale de su casa ? Sus sandalias baratas me causan gracia. Su esmalte de uña también; no combina con su ropa. El morado con el rojo no combinan. Quizá a ella nada el queda bien, con ese color de piel tan feo que tiene, con manchas más opacas en ciertas partes. Me produce rechazo al instante. Todo su ser es morfológicamente incorrecto.
Y allí viene interrumpiendo mi pensamiento y se acerca, me sonríe y me dice hola , qué como ando, qué tanto tiempo.
Y yo le sonrío y le digo qué si, que me encuentro bien, que mucho tiempo y que coincidencia, y le digo qué está muy linda.
Y ella me dice gracias y se baja de la micro, sonriente.
Y allí viene interrumpiendo mi pensamiento y se acerca, me sonríe y me dice hola , qué como ando, qué tanto tiempo.
Y yo le sonrío y le digo qué si, que me encuentro bien, que mucho tiempo y que coincidencia, y le digo qué está muy linda.
Y ella me dice gracias y se baja de la micro, sonriente.
Eiti Leda
13 de octubre de 2014
El peatón
Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de
noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con
las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor
Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas
iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar.
Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o
era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando
ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y
pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un
cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces
tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las
paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la
noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no
habían cerrado una ventana.
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía
caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había
pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en
intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los
tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría
ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de
noviembre.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste,
hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le
lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la
luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor
Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas
otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo
ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los
raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
— Hola, los de adentro -les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras-.
¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde
corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella
loma?
La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la
sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto,
inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona,
invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra
compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
— ¿Qué pasa ahora? -les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera-. Las
ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de
adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?
¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El
señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un
saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego
de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había
encontrado a otra persona que se paseara como él.
Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad.
Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de
insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse
unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como
arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.
noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con
las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor
Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas
iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar.
Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o
era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando
ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y
pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un
cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces
tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las
paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la
noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no
habían cerrado una ventana.
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía
caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había
pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en
intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los
tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría
ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de
noviembre.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste,
hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le
lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la
luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor
Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas
otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo
ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los
raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
— Hola, los de adentro -les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras-.
¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde
corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella
loma?
La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la
sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto,
inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona,
invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra
compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
— ¿Qué pasa ahora? -les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera-. Las
ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de
adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?
¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El
señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un
saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego
de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había
encontrado a otra persona que se paseara como él.
Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad.
Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de
insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse
unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como
arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.
Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una cuadra de su
destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre
él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como
una polilla nocturna, atontado por la luz.
Una voz metálica llamó:
— Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!
Mead se detuvo.
— ¡Arriba las manos!
— Pero... -dijo Mead.
— ¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres
millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes,
en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres
coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía,
salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.
— ¿Su nombre? -dijo el coche de policía con un susurro metálico.
Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.
— Leonard Mead -dijo.
— ¡Más alto!
— ¡Leonard Mead!
— ¿Ocupación o profesión?
— Imagino que ustedes me llamarían un escritor.
— Sin profesión -dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una
aguja.
— Sí, puede ser así -dijo.
No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora
en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal
iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una
luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.
— Sin profesión -dijo la voz de fonógrafo, siseando-. ¿Qué estaba haciendo afuera?
— Caminando -dijo Leonard Mead.
— ¡Caminando!
— Sólo caminando -dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.
— ¿Caminando, sólo caminando, caminando?
— Sí, señor.
— ¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?
— Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
— ¡Su dirección!
— Calle Saint James, once, sur.
— ¿Hay aire en su casa, tiene usted un acondicionador de aire, señor Mead?
— Sí.
— ¿Y tiene usted televisor?
— No.
— ¿No?
Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.
— ¿Es usted casado, señor Mead?
— No.
— No es casado -dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.
La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y
silenciosas.
— Nadie me quiere -dijo Leonard Mead con una sonrisa.
— ¡No hable si no le preguntan!
Leonard Mead esperó en la noche fría.
— ¿Sólo caminando, señor Mead?
— Sí.
— Pero no ha dicho para qué.
— Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.
— ¿Ha hecho esto a menudo?
— Todas las noches durante años.
El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que
zumbaba débilmente.
— Bueno, señor Mead -dijo el coche.
— ¿Eso es todo? -preguntó Mead cortésmente.
— Sí -dijo la voz-. Acérquese. -Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela
trasera del coche se abrió de par en par-. Entre.
— Un minuto. ¡No he hecho nada!
— Entre.
— ¡Protesto!
— Señor Mead.
Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto
a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había
nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.
— Entre.
Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño
calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado
limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.
— Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... -dijo la voz de hierro-. Pero...
— ¿Hacia dónde me llevan?
El coche titubeó, dejó oir un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte
algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.
— Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.
Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las
avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.
Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una
ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una
resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.
— Mi casa -dijo Leonard Mead.
Nadie le respondió.
El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las
calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo
ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.
Ray Bradbury (del libro "Las doradas manzanas de sol")
Éramos dragones
Éramos dragones, esos reptiles milenarios que habitaban las cuevas del pasado. Nuestro nicho era absoluto y nuestros suspiros bañaban los recovecos más incógnitos de nuestra tierra. Vivíamos entre piedras y cielos, y la paz era absoluta.
Éramos libres, y nos abstraíamos entre los fuegos y la justicia. Rugíamos en las horas muertas del crepúsculo para nutrir el espacio mudo, para despertarnos vivos y conectarnos en armonía con nuestra madre iniciadora.
Éramos fuertes, imparables y valerosos, nuestra patria era el origen sereno de la diosa Maga. Ella era inspiración, engendrada del eminente y más puro amor. Era la Tierra, y en cada paso que dábamos, nos envolvía con su plenitud.
Pero la guerra, injusta, llegó a nuestras vidas.
Fuimos monstruos, aborrecidos en nuestra sincronía y danza, enemigos del bien común. Fuimos cazados, perseguidos, malditos, repudiados... La masacre fue eterna y sangrienta, irrumpieron nuestras moradas, y nuestra ley, a punta de lanzas afiladas y espantables gritos de aliento, se deshizo en la fugacidad del momento.
Querían la Tierra. Querían acaparar nuestra preciada Tierra.
Y cuando vinieron por mí, me sentí muy poderoso, iluminado. En mi plexo confluían las energías ancestrales, la rabia desatada por mi familia muerta y particularmente, la pasión por mi diosa creadora.
La pugna fue densa. No bajé en ningún momento los brazos y me llevé a muchos al olvido. Pero aún así, no podía escapar del irremediable presagio. Las flechas atravesaron mi cuerpo y con la cabeza en alto, caí lacio sobre las piedras. Se escucharon clamores en festejos, aullidos de alegría. Mi raza había sido exterminada...
(...)
Muchos años después, un día 15 de marzo, volví a nacer. Sólo que ahora, yo era uno de ellos...
Thor
Éramos libres, y nos abstraíamos entre los fuegos y la justicia. Rugíamos en las horas muertas del crepúsculo para nutrir el espacio mudo, para despertarnos vivos y conectarnos en armonía con nuestra madre iniciadora.
Éramos fuertes, imparables y valerosos, nuestra patria era el origen sereno de la diosa Maga. Ella era inspiración, engendrada del eminente y más puro amor. Era la Tierra, y en cada paso que dábamos, nos envolvía con su plenitud.
Pero la guerra, injusta, llegó a nuestras vidas.
Fuimos monstruos, aborrecidos en nuestra sincronía y danza, enemigos del bien común. Fuimos cazados, perseguidos, malditos, repudiados... La masacre fue eterna y sangrienta, irrumpieron nuestras moradas, y nuestra ley, a punta de lanzas afiladas y espantables gritos de aliento, se deshizo en la fugacidad del momento.
Querían la Tierra. Querían acaparar nuestra preciada Tierra.
Y cuando vinieron por mí, me sentí muy poderoso, iluminado. En mi plexo confluían las energías ancestrales, la rabia desatada por mi familia muerta y particularmente, la pasión por mi diosa creadora.
La pugna fue densa. No bajé en ningún momento los brazos y me llevé a muchos al olvido. Pero aún así, no podía escapar del irremediable presagio. Las flechas atravesaron mi cuerpo y con la cabeza en alto, caí lacio sobre las piedras. Se escucharon clamores en festejos, aullidos de alegría. Mi raza había sido exterminada...
(...)
Muchos años después, un día 15 de marzo, volví a nacer. Sólo que ahora, yo era uno de ellos...
Thor
27 de septiembre de 2014
De trece en trece
La lluvia golpeaba su ventana y lo inundaba una sensación de soledad. No se sentía mal. La noche estaba hecha para él o ella y la lluvia. El sonido de las teclas le proporcionaba la acústica necesaria para con- formar fragmentos húmedos y la luz tenue que irradiaba su oxidada lámpara era el sol de las piezas en invierno, tan minúsculo y destellante que los ojos al mirarlo detenidamente imitaban al torrentoso cielo de afuera, triste e incontemplado. Las noches como estas le daban por escribir, lo atemorizaba conciliar el sueño por el infantil motivo de pensar que el viento sería capaz de expulsarlo de su pieza, de azotarlo contra la arena fría o ahogarlo en espuma.
Las primeras noches sufrió su partida. Los dolores de espalda no le permitían dormir con tranquilidad y a menudo se paseaba de un lado a otro de la pieza contando en voz alta de trece en trece para agotar a la mente. El método era ineficaz. Y es que la recordaba tanto cuando llegaba la noche, era una cosa de locos. Sentía su aroma y su respiración, lo atormentaba la silueta que ya no estaba en la pared, recostada con soltura sobre aquella estructura de madera, entera de sombra, bella penumbra. En ocasiones era eso lo que extrañaba más, su figura reflejada a contra luz en su ahora espaciosa pieza. El volumen del cabello figurando justo bajo el marco de la ventana, sus pies diminutos contrastando con el ancho de sus caderas, sus brazos larguísimos apropiándose ya no sólo de la pared sino que tragándose el techo en cada movimiento buscándolo a él o ella, que aún seguía con los ojos abiertos intentando acoplarse a su sombra.
Las segundas noches, que ya no recordaba si eran de lluvia o de silencio aún la extrañaba, pero a esta altura las sombras ya eran formas propias de la habitación que no permitían figuras humanas y eran las “cosas” en ella las que lo acompañaban en sus devenires nocturnos. Un cuadro burdo pegado en la pared aledaña, libros a los pies, montones de ropa sobre el cubre camas, fotografías en el respaldo, hilachas roñosas colgando del techo y las líneas y años de la madera que conformaba su nicho. En su conjunto esto lo invadía, le hostigaba el ser y lo inmovilizaban en su colchón a observar durante horas como se desprendía de la vida humana para maravillarse de la belleza de las “cosas”. Era una relación de difícil asimilación, lo apasionaba librarse de las cargas que supone el Ser al mimetizarse con su cuarto inerte y expectante, aunque sabía que algo añoraba, algo extrañaba, ya no recordaba qué. Trece, veintiséis, treinta y nueve, cincuenta y dos, sesenta y cinco…
Las terceras, las cuartas y las siguientes noches que vinieron lo extrañaron a él o ella. Ahora si llovía a cántaros. Las figuras cobraron vida propia y comenzaron a jugar con su alcoba, el pequeño sol en su velador de al lado iluminaba la pieza completa mostrando diminutas partículas de polvo estelar girando alrededor del. Las fotografías comenzaron a escribir la historia de sus viajes en breves relatos detrás de sí mismas y los protagonistas de los libros a sus pies se juntaron a conversar de aquella lejana y deteriorada silueta conformada por el sol de la habitación y el reflejo de un fugaz cuerpo que chocaba con los anillos y líneas de la madera. Algo recordaban, pero desde su posición hecha de tinta y hoja, era mejor dedicarse a contar de trece en trece.
Trece, veintiséis, treinta y nueve, cincuenta y dos, sesenta y cinco…
Tabor
Las primeras noches sufrió su partida. Los dolores de espalda no le permitían dormir con tranquilidad y a menudo se paseaba de un lado a otro de la pieza contando en voz alta de trece en trece para agotar a la mente. El método era ineficaz. Y es que la recordaba tanto cuando llegaba la noche, era una cosa de locos. Sentía su aroma y su respiración, lo atormentaba la silueta que ya no estaba en la pared, recostada con soltura sobre aquella estructura de madera, entera de sombra, bella penumbra. En ocasiones era eso lo que extrañaba más, su figura reflejada a contra luz en su ahora espaciosa pieza. El volumen del cabello figurando justo bajo el marco de la ventana, sus pies diminutos contrastando con el ancho de sus caderas, sus brazos larguísimos apropiándose ya no sólo de la pared sino que tragándose el techo en cada movimiento buscándolo a él o ella, que aún seguía con los ojos abiertos intentando acoplarse a su sombra.
Las segundas noches, que ya no recordaba si eran de lluvia o de silencio aún la extrañaba, pero a esta altura las sombras ya eran formas propias de la habitación que no permitían figuras humanas y eran las “cosas” en ella las que lo acompañaban en sus devenires nocturnos. Un cuadro burdo pegado en la pared aledaña, libros a los pies, montones de ropa sobre el cubre camas, fotografías en el respaldo, hilachas roñosas colgando del techo y las líneas y años de la madera que conformaba su nicho. En su conjunto esto lo invadía, le hostigaba el ser y lo inmovilizaban en su colchón a observar durante horas como se desprendía de la vida humana para maravillarse de la belleza de las “cosas”. Era una relación de difícil asimilación, lo apasionaba librarse de las cargas que supone el Ser al mimetizarse con su cuarto inerte y expectante, aunque sabía que algo añoraba, algo extrañaba, ya no recordaba qué. Trece, veintiséis, treinta y nueve, cincuenta y dos, sesenta y cinco…
Las terceras, las cuartas y las siguientes noches que vinieron lo extrañaron a él o ella. Ahora si llovía a cántaros. Las figuras cobraron vida propia y comenzaron a jugar con su alcoba, el pequeño sol en su velador de al lado iluminaba la pieza completa mostrando diminutas partículas de polvo estelar girando alrededor del. Las fotografías comenzaron a escribir la historia de sus viajes en breves relatos detrás de sí mismas y los protagonistas de los libros a sus pies se juntaron a conversar de aquella lejana y deteriorada silueta conformada por el sol de la habitación y el reflejo de un fugaz cuerpo que chocaba con los anillos y líneas de la madera. Algo recordaban, pero desde su posición hecha de tinta y hoja, era mejor dedicarse a contar de trece en trece.
Trece, veintiséis, treinta y nueve, cincuenta y dos, sesenta y cinco…
Tabor
9 de septiembre de 2014
Muñón
(El día estaba alegre. Ninguna nube se había atrevido a pisar el intenso cielo azulado. Hoy, sin más, el sol reinaba en su cómoda vastedad.)
El niño, arrastrando sus pies, entró cabizbajo a su casa.
Su madre, al advertirlo, lo interceptó prontamente en la cocina. Y con cariñosa delicadeza, tomó el puñado esférico de hojas arrugadas que traía débilmente en sus manos. Un muñón. Una enmarañada conglomeración de papeles.
El niño, avergonzado, la miró con pena y contrariedad.
Ella, de manos largas y áspera piel, desanudó suavemente el muñón. Hoja por hoja/una por una. Cuidadosamente, las colocaba sobre la mesa, y en un movimiento circular y casi ceremonial, intentaba estirarlos.
El niño / ensimismado entre suspiros / observó con detención fugaz / los mensajeros entintados que se iban apilando en el rincón de la cocina.
Al cabo de 2 horas, después de haber planchado, pulido y ordenado el pliego caótico, la madre, temblorosa y dolida, le entregó el desmedido montón de papel.
El niño, gozoso, se dirigió entre saltos a su pequeña pieza donde inició un minucioso examen de aquellos dibujos tan serenos y espléndidos que avizoraba. Llenos de luz, de lógica, de pulcra exactitud. De un momento a otro, el niño se sintió vivo.
Sin embargo, en la cocina, quedose su madre entristecida. Miraba, fija y consternada, una vieja foto con su hijo recién nacido. Pequeñas lágrimas se resbalaban hacía el recuerdo (o el olvido). Y entre sollozos, murmuró "devuélvemelo, devuélvemelo...".
Tuhnaer
7 de septiembre de 2014
(...)
Yo asesiné a Thor, y enterré su delirante ego bajo los
desechos de sus dudas.
Yo asesiné a Thor, y lo hice porque lo noté miedoso, débil, de llama muda.
Yo asesiné a Thor, y lo destruí a punta de hachazos y gritos.
Vi cómo cayó el rígido árbol, sin música ceremonial
ni lúgubre rito.
(Y me reí / sentí una deliciosa alegría.)
Yo asesiné a Thor, lo confieso. Y de nuevo lo haría si tengo la suerte ocasión.
Yo lo asesiné, sí, y ahora disfruto el momentáneo y calmo vacío.
Yo lo asesiné, sí, y ahora disfruto el momentáneo y calmo vacío.
¡Yo asesiné a Thor, y ya me deleito con el sol que calienta mi cuerpo
desnudo!
¡Vivo sin sombras! ¡Vivo sin patrón!
¡Vivo sin sombras! ¡Vivo sin patrón!
Yo asesiné a Thor, y el pecho se me infla de orgullo.
Yo asesiné a Thor. Y Thor yace ahora muerto bajo mis pies.
En la radio, bailan unas embarulladas percusiones.
Y yo, al compás salto, machaco, pateo y le escupo al apagado fiambre.
Para que quizás cuando vuelva, Thor haya olvidado las afiladas palabras.En la radio, bailan unas embarulladas percusiones.
Y yo, al compás salto, machaco, pateo y le escupo al apagado fiambre.
(erguido / lejano / desierto)
Inkógnito
El bufón
El agua no corre, el viento no fluye, el fuego no baila, la
tierra no brota.
La duda, vertiginosa, se entromete en la quietud del ser
hasta el punto de quebrar los cristales impávidos. Todos, boquiabiertos, lo apuntan.
“¡Esos ojos resecos delatan los duelos de anoche compañero! ¿Acaso
has escrito con lágrimas tu presente?”, corean al unísono los desvergonzados.
Y él, inmóvil. Sin voz ni ley.
Lo único que mana rítmicamente en él, sin trabas ni
contenciones, son las chispas sutiles (y no tan sutiles) de pensamientos violáceos.
Juicios, veredictos, resoluciones, dictámenes, procesos, litigios, pleitos. Y
en eso, se pregunta enmudecido, si será lucidez ese inherente discernir
permanente. Sin tanto esfuerzo, la consideración personal tiende hacia un insolente
trastorno. Algo de por aquí huele mal.
“Manga de idiotas mentirosos, cínicos. Embuste tras embuste
dentro de la máquina. La puta maquillada realidad. Pero nada he de alegar, no
hay derecho si de todas las pinturas, el más revestido soy yo. Yo, cargando mi
disfraz cotidiano: mi sonrisa opulenta, mi fingido tranquilo andar. Oculto
entre anonimatos y falsos nombres grito a toda voz / toda que se convierte en
media / media, que a medida, se apaga. Aconsejaría que nadie escuche a este
deprimido bufón, pero tal vez la iniciativa ya se tomó. Sin embargo, si aún
prestan atención a mis palabras, escuchen cautos: ¡¡NO PRESTEN OÍDOS A ESTE
ABOLLADO BUFÓN!!”
***
Las manos sudorosas. Los dedos temblando. El pulso,
progresivamente, se agita. El corazón busca escapar. Las sienes, descontroladas.
Pies débiles. Espalda encogida, brazos a la deriva. El pecho no se infla, el
plexo se enfría. El cuello no logra sostener el tronco inerte.
El cuerpo cae sobre su propio peso. Silencio (exterior)
sacramental.
Adentro, todo en marcha. A todo máquina, a toda velocidad.
Bla, bla, bla, bla. Viejos (y falsos) filósofos hablando de inciertas
soluciones. La temperatura aumenta significativamente. Suspiros de frenesí y
zapateos endemoniados.
Los ojos, abiertos, no pueden mirar sus espaldas. No pueden
calmar la necia marejada, la tonta, la inútil, la inane.
Incoherentes son, entonces, estos momentos de algarabía.
(El único refugio permanece como el mismo problema.)
Thor
Me alquilo para soñar
A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.
Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tíempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa manana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, casi niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso, del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían pesentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:
—Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más te gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinos.
—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco anos que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atraganto con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: “Sueño”. Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
—He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo quehubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Rangún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo te parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun, contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir —que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, lasespardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante, Y me dijo en voz muy baja:
—Hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.
—Sólo la poesía es clarividente —dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. —Me contó que había vendido sus propiedades de Austria y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. “Sigues tan atrevido como siempre”, me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
—A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena.
Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.
—Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
—Soñé con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el sueño.
—Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
—Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado. —¿Ya está escrito?
—Si no está escrito se va a escribir alguna vez —le dije . Será uno de sus laberintos.
Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
—Soñé con el poeta —nos dijo.
Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
—Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. “No se imagina lo extraordinaria que era”, me dijo. “Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella”. Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista. que me permitiera una conclusión final.
—En concreto —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
—Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.
Marzo 1980.
Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tíempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa manana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, casi niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso, del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían pesentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:
—Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más te gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinos.
—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco anos que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atraganto con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: “Sueño”. Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
—He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo quehubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Rangún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo te parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun, contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir —que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, lasespardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante, Y me dijo en voz muy baja:
—Hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.
—Sólo la poesía es clarividente —dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. —Me contó que había vendido sus propiedades de Austria y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. “Sigues tan atrevido como siempre”, me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
—A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena.
Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.
—Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
—Soñé con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el sueño.
—Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
—Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado. —¿Ya está escrito?
—Si no está escrito se va a escribir alguna vez —le dije . Será uno de sus laberintos.
Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
—Soñé con el poeta —nos dijo.
Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
—Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. “No se imagina lo extraordinaria que era”, me dijo. “Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella”. Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista. que me permitiera una conclusión final.
—En concreto —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
—Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.
Marzo 1980.
(Cuento de "Doce cuentos peregrinos"
Gabriel García Márquez
3 de septiembre de 2014
(Re)parto
Hace un rato ya, era asfixiante la cantidad de pensamientos que atormentaban al pobre coronel. Era doloroso ver el proceso lento y progresivo en el cual su mente se iba sobrecargando de ácidos cuestionamientos y finalmente hundiéndose en sí mismo. Un completo autoexamen existencial a toda hora, en todo lugar, en cualquier balance.
La cosa iba para mal y todos lo intuían, ese desajuste o irregularidad entre dos energías, como el choque de dos placas tectónicas que liberan un sinfín de tensión comprimida por años. Pero nadie dijo nada, sólo algunos quedaron atentos.
El coronel decaía. Había tardes en que llegaba desintonizado, como si estuviera sumergido en un profundo sueño del cual no estaba capacitado para despertar cuando en realidad estaba frente a meras cotidianidades, ya sea adiestrando al pelotón o cenando en el casino general. Cuando “volvía” a su rutinaria lucidez se disculpaba mencionando el mal sueño o problemas en la casa. Otros días, era irascible, parecía que venía de una mala racha y la paciencia se le había colmado. Se enfadada a cualquier provocación o molestia mínima y rápidamente le gritaba al primero que se le cruzase y a todos.
Esta “enfermedad” que tuvo al coronel durante varios meses entre altos y bajos no pasó inadvertida. La gente, chismosa, comenzó a susurrar y comentar que el coronel había perdido la razón, que el coronel estaba loco, que las cruces del pasado le comenzaron a pesar, que el coronel había bebido un veneno y ahora su alma estaba en manos del diablo. En fin, rumores y más rumores.
Lo peor era que algo de todo eso, era cierto. El coronel sí estaba perdiendo poco a poco su equilibrio emocional y se mostraba cada vez más sensible a los ataques de su memoria. El coronel siempre fue un hombre solitario que no pudo nunca desahogarse o llorar sus penas en algún hombro ajeno y ahora, simplemente deliraba en su tristeza sin ningún consuelo.
(...)
Las montañas y los árboles fueron su oído. Los únicos en escuchar sus desgarradores gritos de desahogo. El río solamente seguía su propio curso, no tenía tiempo para preocuparse de humanos en disparates. Pero aun así, con su ritmo y canto personal, lo acompañaba en la lejanía, como un arrurú de tranquilidad externa natural. El eco retumbaba en las laderas de los cerros creando un ritual liberador. Clamores, viento, tambores, silencio.
La cosa iba para mal y todos lo intuían, ese desajuste o irregularidad entre dos energías, como el choque de dos placas tectónicas que liberan un sinfín de tensión comprimida por años. Pero nadie dijo nada, sólo algunos quedaron atentos.
El coronel decaía. Había tardes en que llegaba desintonizado, como si estuviera sumergido en un profundo sueño del cual no estaba capacitado para despertar cuando en realidad estaba frente a meras cotidianidades, ya sea adiestrando al pelotón o cenando en el casino general. Cuando “volvía” a su rutinaria lucidez se disculpaba mencionando el mal sueño o problemas en la casa. Otros días, era irascible, parecía que venía de una mala racha y la paciencia se le había colmado. Se enfadada a cualquier provocación o molestia mínima y rápidamente le gritaba al primero que se le cruzase y a todos.
Esta “enfermedad” que tuvo al coronel durante varios meses entre altos y bajos no pasó inadvertida. La gente, chismosa, comenzó a susurrar y comentar que el coronel había perdido la razón, que el coronel estaba loco, que las cruces del pasado le comenzaron a pesar, que el coronel había bebido un veneno y ahora su alma estaba en manos del diablo. En fin, rumores y más rumores.
Lo peor era que algo de todo eso, era cierto. El coronel sí estaba perdiendo poco a poco su equilibrio emocional y se mostraba cada vez más sensible a los ataques de su memoria. El coronel siempre fue un hombre solitario que no pudo nunca desahogarse o llorar sus penas en algún hombro ajeno y ahora, simplemente deliraba en su tristeza sin ningún consuelo.
(...)
Las montañas y los árboles fueron su oído. Los únicos en escuchar sus desgarradores gritos de desahogo. El río solamente seguía su propio curso, no tenía tiempo para preocuparse de humanos en disparates. Pero aun así, con su ritmo y canto personal, lo acompañaba en la lejanía, como un arrurú de tranquilidad externa natural. El eco retumbaba en las laderas de los cerros creando un ritual liberador. Clamores, viento, tambores, silencio.
El coronel, en ese momento, estaba viviendo una regeneración, algo así como un segundo nacimiento. Expulsó, vomitó y derramó las heridas del alma y lo impuro que tenía en el cuerpo. Quedó vacío. Se sentía como un feto acurrucado en el útero maternal, carente de cualquier perversión ajena a su inocencia. Cuando alzó la vista, la luz le afectó sus ojos. Todo raramente había aumentado su brillo, lo primero que vio fue hermoso y conmovedor: era su madre. Se emocionó hasta las lágrimas de verse rodeado por tan envolvente paraje: los arbustos y matorrales habían formado un círculo en inclinación donde el sol se asomaba entre los dos grandes pinos del otro lado del río. En las piedras crecía un musgo de un verdor fulgurante y el agua traía consigo hojas viajeras desde lo alto de la cordillera. ¡Cuánta vida!
En sólo 5 minutos, el coronel había experimentado todo lo que equivalen a una vida de sentimientos. Su conciencia estaba revolucionada.
Antes de dar su primer paso, tomó aire lentamente y llenó sus pulmones. Y después de muchos meses, volvió a sonreír. Sólo que ahora era una nueva sonrisa, ya que era un nuevo hombre. El coronel había muerto y vuelto a nacer.
En sólo 5 minutos, el coronel había experimentado todo lo que equivalen a una vida de sentimientos. Su conciencia estaba revolucionada.
Antes de dar su primer paso, tomó aire lentamente y llenó sus pulmones. Y después de muchos meses, volvió a sonreír. Sólo que ahora era una nueva sonrisa, ya que era un nuevo hombre. El coronel había muerto y vuelto a nacer.
Thor "LeFou"
19 de agosto de 2014
Desliz en el más allá
Por debajo de la mesa, ella
acariciaba tierna e inocentemente su rodilla. Sus dedos eran suaves y
lentamente formaban pequeños círculos imaginarios que codificaban cósmicas señales
de amor. Ella lo miraba fijamente a sus ojos y con la otra mano rozaba su brazo
derecho para tener su atención gracias al cálido contacto.
Él la ignoraba sin querer. Tenía inconscientemente
su vista clavada en un intrascendente desajuste del tablero horizontal de la
mesa, que tenía en su centro (no-centro-realmente) un cuadrado de cerámica azul
mal pegado. Simplemente, un eslabón suelto dentro de una infinidad de mesas del
local sin ninguna importancia. Casi como en un acto de recogimiento, él había
depositado su vista en un punto fijo y se había vuelto a mirar sus espontáneos
y curiosos pensamientos.
Ella lo llamaba entre murmullos por
su nombre, sin embargo, él no lograba captar su afectuosa presencia. No tardó
mucho rato en molestarse y hasta en un momento, preocuparse. Resultaba extravagantemente
raro que no sintiera el peso de su mirada ni respondiese a sus ordinarias señales.
Él se hallaba lejos. Distante.
Había extrapolado su mente y su cuerpo, dejando este último totalmente
desarticulado y desactivado. Sus sentidos carecían de funcionalidad y digamos
que por un momento, su alma se apoderó del presente espacio-temporal dejando
inmovilizado a su gran máquina de juguete.
Allá arriba, ni siquiera se
escuchaban claras voces ni fuertes razonamientos. Era un griterío sin cesar. En
las grandes columnas de piedras, bailaban sin temor las musas de la locura en
un desorganizado blues. En la tarima, yacían susurrando los arcángeles y los
mensajeros, los leviatanes y los soldados, y las aves con los muertos. Volaban
soles, estrellas, hojas y frutas por los aires, haciendo de la imagen un
sensacional espectáculo. Por allá detrás, allá por los cerros, se alcanzaba
apreciar una diminuta silueta que agitaba sus manos al compás de la escena.
Ella lo sacudió
mientras le lanzaba su rápido y seco apelativo.
Él dio un leve brinco y volteó
violentamente su rostro.
Se miraron por primera vez a los
ojos.
Ella le preguntó si estaba bien.
Él le respondió naturalmente que
sí
Pero en realidad yo estaba
mintiendo maquinalmente.
Elias Roth
Elias Roth
18 de agosto de 2014
Knock out
El recuerdo de aquella noche, me golpeó la memoria hasta el knock out. Toda forma de maniobrar fue dada por la sombras y la penumbra inundaba facciones entremezclándose con la intención del colchón. Pero comenzar con el amor es cosa de la imaginación. No me dio ni siquiera la posibilidad de aceptarla, se convulsionó en mí como una tormenta en cólera dispuesta a incendiar al Amazonas de mis temores. La charla fue pasajera, las palabras salían de mi boca arrastrándose por mis labios oprimidos y resecos, incapaces de pronunciar palabras de más de tres sílabas producto de profundas llagas perpetuadas por el clima de la costa. De su boca decir que era un baile. La lengua deseaba imperiosamente extender sus límites y saborear cada movimiento generativo del diálogo. Mis silencios fueron la bienvenida de su voz. El traslado a la cama fue mediado por una estación fútil y fría. La habitación nos esperaba con apenas el reflejo de una oxidada lámpara apuntando el respaldo de madera, desde donde colgaban fotografías borrosas y antiguas, hilos desde el techo y fragmentos de sueños.
El frío nos pegaba por nuestros miedos.
La abracé con fuerza de inviernos solos,
La besé con ganas de hacerlo antes y después del ahora del beso,
Permitimos la queja placentera, el alarido de furor nos atoraba y nos ahogaba hasta desvanecernos.
El devenir era de humo y sombras, la luna en su vértice en un cielo minúsculo apenas visto por un fragmento de ventana iluminaba nuestros cigarrillos que brillaban y desvanecían, brillaban y desvanecía su cuerpo, consumiendo a cada inhalada bocanadas de densidad y noche. El colchón no nos oponía resistencia e inertes en él nos sentíamos a gusto como niños bajo frazadas. Escuché su verdadera voz, esa que sólo se dice en silencio fúnebre, noche y amor. Escuché su verdadero amor y luego de repetirnos el acto, cuando el alba ya asomaba y deseaba comenzar su opereta, nosotros, los de la noche, humo y amor, nos derretimos bajo un frío tenebroso de almas plenas y corazones inseguros.
Tabor
15 de julio de 2014
La profecía autocumplida
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14.
Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación.
Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
"No sé pero he amanecido con el presentimiento que algo muy grave va a sucederle a este pueblo".
El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
"Te apuesto un peso a que no la haces".
Todos se ríen. El se ríe. Tira la carambola y no la hace.
Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla
Y él contesta: "es cierto pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo".
Todos se ríen de él y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mama, o una nieta o en fin, cualquier pariente, feliz con su peso dice y comenta:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y porqué es un tonto?
-Porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Y su madre le dice:
- No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
Una pariente oye esto y va a comprar carne.
Ella le dice al carnicero:
"Deme un kilo de carne" y en el momento que la está cortando, le dice: Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado".
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar un kilo de carne, le dice:
"mejor lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar y se están preparando y comprando cosas".
Entonces la vieja responde: "Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos..."
Se lleva los cuatro kilos y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor.
Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo, está esperando que pase algo.
Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde.
Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
"Hay un pajarito en la plaza".
Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve.
Hasta que todos dicen: "Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos".
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo.
Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: "Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa", y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado:
"¿Vistes mi hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?"
Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación.
Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
"No sé pero he amanecido con el presentimiento que algo muy grave va a sucederle a este pueblo".
El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
"Te apuesto un peso a que no la haces".
Todos se ríen. El se ríe. Tira la carambola y no la hace.
Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla
Y él contesta: "es cierto pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo".
Todos se ríen de él y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mama, o una nieta o en fin, cualquier pariente, feliz con su peso dice y comenta:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y porqué es un tonto?
-Porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Y su madre le dice:
- No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
Una pariente oye esto y va a comprar carne.
Ella le dice al carnicero:
"Deme un kilo de carne" y en el momento que la está cortando, le dice: Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado".
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar un kilo de carne, le dice:
"mejor lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar y se están preparando y comprando cosas".
Entonces la vieja responde: "Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos..."
Se lleva los cuatro kilos y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor.
Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo, está esperando que pase algo.
Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde.
Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
"Hay un pajarito en la plaza".
Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve.
Hasta que todos dicen: "Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos".
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo.
Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: "Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa", y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado:
"¿Vistes mi hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?"
Gabriel García Marquez
12 de julio de 2014
Teatro
De todas formas ella sabía que a ese cuerpo le faltaba intento, intento de cautivar con algo más que un café. Nunca lo barato fue con ella, solo la vida de puta, pero en su fuero capturaba conceptos para tirarlos sobre el colchón, de forma suelta y encendida… Saber explotar en aquel punto donde la libertad y el libertinaje la sujetaban y apretaban, levantar más absurdo que semen…todo eso, de vasta mierda es pura poesía que se tragaba día a día para tatuarse un libro en piel y fingir ser culta ante sus propios espejos. Todos los días un indigente le tendía un café, le decía cosas paternales, porque claro, era su padre, aunque ellos no lo supieran. Todos los días ella y él se embriagaban en sus ocios podridos, en sus latentes expectaciones, en sus rostros infinitos y sin mirar. Cada día, se amaron, aunque amaran abstracciones del amor, cada día, hasta la muerte de él, se desearon, hasta que producto de una balacera, aquel hombre de 54 años cayera tendido en la esquina sur de la plaza más grande… En este momento, el teatro entro en llanto, después de una barata representación de un actor pudoroso y una actriz libidinosa. Los jóvenes de galería fueron los primeros en salir, comentando de justicia e injusticia, de valor y de porquerías sin valor, de vida, de fe… sin notar las dos figuras que se encontraban divagando en una esquina del teatro sur de la plaza más grande.
Viviana Arias
Viviana Arias
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