"La humanidad no supone una evolución hacia un tipo mejor, más fuerte o más elevado, en la forma como se lo cree hoy día. El “progreso” no es más que una noción moderna, vale decir, una noción errónea. El europeo de ahora es muy inferior al europeo del Renacimiento; la evolución no significa en modo alguno y necesariamente acrecentamiento, elevación, potenciación.
En un sentido distinto cuajan constantemente en los más diversos puntos del globo y en el seno de las más diversas culturas, casos particulares en los que se ma nifiesta en efecto un tipo superior: un ser que en com paración con la humanidad en su conjunto viene a ser algo así como un superhombre. Tales casos excep cionales siempre han sido posibles y acaso lo serán siempre. Y linajes, pueblos enteros pueden encarnar eventualmente tal golpe de fortuna."
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20 de enero de 2015
Extractos de "El lobo estepario" de Herman Hesse
I
"Me daba cuenta (y mi tía, que, en contraposición a mí, no es en absoluto una intelectual, notaba exactamente lo mismo), me daba cuenta de que aquel hombre estaba enfermo, de algún modo enfermo del espíritu, del ánimo o del carácter, y me defendía contra él con el instinto del hombre sano. Esta repulsa fue sustituida en el transcurso del tiempo por simpatía, que tenía por base una gran compasión hacia este grave y perpetuo paciente, de cuyo aislamiento y de cuya muerte interna yo era testigo presencial. En este período fui teniendo conciencia cada vez más clara de que la enfermedad de este hombre no dependía de defectos de su naturaleza, sino, por el contrario, únicamente de la gran abundancia de sus dotes y facultades disarmónicas. Pude comprobar que Haller era un genio del sufrimiento, que él, en el sentido de muchos aforismos de Nietzsche, se había forjado dentro de sí una capacidad de sufrimiento ilimitada, genial, terrible. Al mismo tiempo comprendí que la base de su pesimismo no era desprecio del mundo, sino desprecio de sí mismo, pues si bien hablaba sin miramientos y con un sentido demoledor de instituciones y de personas, nunca se excluía a sí, siempre era él mismo el primero contra quien dirigía sus ?echas, era él mismo el primero a quien odiaba y negaba..."
II
"Ninguna idea le era más odiosa y horrible que la de tener que ejercer un cargo, someterse a una distribución del tiempo, obedecer a otros. Una oficina, una cancillería, un negociado eran cosas para él tan execrables como la muerte, y lo más terrible que pudo vivir en sueños fue la reclusión en un cuartel. A todas estas situaciones supo sustraerse, a veces mediante grandes sacrificios. En esto estaba su fortaleza y su virtud, aquí era inflexible, aquí era su carácter firme y rectilíneo. Pero a esta virtud estaban íntimamente ligados su sufrimiento y su destino. Le sucedía lo que les sucede a todos; lo que él, por un impulso muy íntimo de su ser, buscó y anheló con la mayor obstinación, logró obtenerlo, pero en mayor medida de la que es conveniente a los hombres. En un principio fue su sueño y su ventura, después su amargo destino. El hombre poderoso en el poder sucumbe; el hombre del dinero, en el dinero; el servil y humilde, en el servicio; el que busca el placer, en los placeres. Y así sucumbió el lobo estepario en su independencia. Alcanzó su objetivo, fue cada vez más independiente, nadie tenía nada que ordenarle, a nadie tenía que ajustar sus actos, sólo y libremente determinaba él a su antojo lo que había de hacer y lo que había de dejar. Pues todo hombre fuerte alcanza indefectiblemente aquello que va buscando con verdadero ahínco."
III
"Que hombres de tales posibilidades salgan del paso con lobos esteparios y <hay viviendo dos almas en mi pecho>, es tan extraño y entristecedor como que muestren con frecuencia aquella afición cobarde a lo burgués. Un hombre capaz de comprender a Buda, un hombre que tiene noción de los cielos y abismos de la naturaleza humana, no debería vivir en un mundo en el que dominan el common sense, la democracia y la educación burguesa. Sólo por cobardía sigue viviendo en él, y cuando sus dimensiones lo oprimen, cuando la angosta celda de burgués le resulta demasiado estrecha, entonces se lo apunta a la cuenta del <lobo* y no quiere enterarse de que a veces el lobo es su parte mejor. A todo lo fiero dentro de silo llama lobo y lo tiene por malo, por peligroso, por terror de los burgueses; pero él, que cree, sin embargo, ser un artista y tener sentidos delicados, no es capaz de ver que fuera del lobo, detrás del lobo, viven otras muchas cosas en su interior; que no es lobo todo lo que muerde; que allí habitan además zorro, dragón, tigre, mono y ave del paraíso. Y que todo este mundo, este completo edén de miles de seres, terribles y lindos, grandes y pequeños, fuertes y delicados, es ahogado y apresado por el mito del lobo, lo mismo que el verdadero hombre que hay en él es ahogado y preso por la apariencia de hombre, por el burgués."
IV
"Todo esto es claro y sencillo; todo hombre podría comprenderlo, podría llegar a la misma conclusión con una sola hora de meditación. Pero ninguno quiere eso, ninguno quiere evitar la guerra próxima, ninguno quiere ahorrarse a sí mismo y a sus hijos la próxima matanza de millones de seres, si no puede tenerlo más barato. Meditar una hora, entrar un rato dentro de sí e inquirir hasta qué punto tiene uno parte y es corresponsable en el desorden y en la maldad del mundo; mira, eso no lo quiere nadie. Y así seguirá todo, y la próxima guerra se prepara con ardor día tras día por muchos miles de hombres. Esto, desde que lo sé, me ha paralizado y me ha llevado a la desesperación, ya que no hay para mí «patria» ni ideales, todo eso no es más que escenario para los señores que preparan la próxima carnicería."
V
"¿Crees que no soy capaz de comprender tu terror ante el fox-trot, tu repugnancia hacia los bares y los locales de baile, tu resistencia contra la música de jazz y todas estas cosas? Demasiado bien lo comprendo, y lo mismo tu aversión a la política, tu tristeza por la palabrería y el irresponsable hacer que hacemos de los partidos y de la Prensa, tu desesperación por la guerra, por la pasada y por la venidera, por la manera cómo hoy se piensa, se lee, se construye, se hace música, se celebran fiestas, se promueve la cultura. Tienes razón, lobo estepario, mil veces razón, y, sin embargo, has de sucumbir. Para este mundo sencillo de hoy, cómodo y satisfecho con tan poco, eres tú demasiado exigente y hambriento; el mundo te rechaza, tienes para él una dimensión de más. El que hoy quiera vivir y alegrarse de su vida, no ha de ser un hombre como tú ni como yo. El que en lugar de chinchín exija música, en lugar de placer alegría, en lugar de dinero alma, en vez de loca actividad verdadero trabajo, en vez de jugueteo pura pasión, para ése no es hogar este bonito mundo que padecemos…"
"Me daba cuenta (y mi tía, que, en contraposición a mí, no es en absoluto una intelectual, notaba exactamente lo mismo), me daba cuenta de que aquel hombre estaba enfermo, de algún modo enfermo del espíritu, del ánimo o del carácter, y me defendía contra él con el instinto del hombre sano. Esta repulsa fue sustituida en el transcurso del tiempo por simpatía, que tenía por base una gran compasión hacia este grave y perpetuo paciente, de cuyo aislamiento y de cuya muerte interna yo era testigo presencial. En este período fui teniendo conciencia cada vez más clara de que la enfermedad de este hombre no dependía de defectos de su naturaleza, sino, por el contrario, únicamente de la gran abundancia de sus dotes y facultades disarmónicas. Pude comprobar que Haller era un genio del sufrimiento, que él, en el sentido de muchos aforismos de Nietzsche, se había forjado dentro de sí una capacidad de sufrimiento ilimitada, genial, terrible. Al mismo tiempo comprendí que la base de su pesimismo no era desprecio del mundo, sino desprecio de sí mismo, pues si bien hablaba sin miramientos y con un sentido demoledor de instituciones y de personas, nunca se excluía a sí, siempre era él mismo el primero contra quien dirigía sus ?echas, era él mismo el primero a quien odiaba y negaba..."
II
"Ninguna idea le era más odiosa y horrible que la de tener que ejercer un cargo, someterse a una distribución del tiempo, obedecer a otros. Una oficina, una cancillería, un negociado eran cosas para él tan execrables como la muerte, y lo más terrible que pudo vivir en sueños fue la reclusión en un cuartel. A todas estas situaciones supo sustraerse, a veces mediante grandes sacrificios. En esto estaba su fortaleza y su virtud, aquí era inflexible, aquí era su carácter firme y rectilíneo. Pero a esta virtud estaban íntimamente ligados su sufrimiento y su destino. Le sucedía lo que les sucede a todos; lo que él, por un impulso muy íntimo de su ser, buscó y anheló con la mayor obstinación, logró obtenerlo, pero en mayor medida de la que es conveniente a los hombres. En un principio fue su sueño y su ventura, después su amargo destino. El hombre poderoso en el poder sucumbe; el hombre del dinero, en el dinero; el servil y humilde, en el servicio; el que busca el placer, en los placeres. Y así sucumbió el lobo estepario en su independencia. Alcanzó su objetivo, fue cada vez más independiente, nadie tenía nada que ordenarle, a nadie tenía que ajustar sus actos, sólo y libremente determinaba él a su antojo lo que había de hacer y lo que había de dejar. Pues todo hombre fuerte alcanza indefectiblemente aquello que va buscando con verdadero ahínco."
III
"Que hombres de tales posibilidades salgan del paso con lobos esteparios y <hay viviendo dos almas en mi pecho>, es tan extraño y entristecedor como que muestren con frecuencia aquella afición cobarde a lo burgués. Un hombre capaz de comprender a Buda, un hombre que tiene noción de los cielos y abismos de la naturaleza humana, no debería vivir en un mundo en el que dominan el common sense, la democracia y la educación burguesa. Sólo por cobardía sigue viviendo en él, y cuando sus dimensiones lo oprimen, cuando la angosta celda de burgués le resulta demasiado estrecha, entonces se lo apunta a la cuenta del <lobo* y no quiere enterarse de que a veces el lobo es su parte mejor. A todo lo fiero dentro de silo llama lobo y lo tiene por malo, por peligroso, por terror de los burgueses; pero él, que cree, sin embargo, ser un artista y tener sentidos delicados, no es capaz de ver que fuera del lobo, detrás del lobo, viven otras muchas cosas en su interior; que no es lobo todo lo que muerde; que allí habitan además zorro, dragón, tigre, mono y ave del paraíso. Y que todo este mundo, este completo edén de miles de seres, terribles y lindos, grandes y pequeños, fuertes y delicados, es ahogado y apresado por el mito del lobo, lo mismo que el verdadero hombre que hay en él es ahogado y preso por la apariencia de hombre, por el burgués."
IV
"Todo esto es claro y sencillo; todo hombre podría comprenderlo, podría llegar a la misma conclusión con una sola hora de meditación. Pero ninguno quiere eso, ninguno quiere evitar la guerra próxima, ninguno quiere ahorrarse a sí mismo y a sus hijos la próxima matanza de millones de seres, si no puede tenerlo más barato. Meditar una hora, entrar un rato dentro de sí e inquirir hasta qué punto tiene uno parte y es corresponsable en el desorden y en la maldad del mundo; mira, eso no lo quiere nadie. Y así seguirá todo, y la próxima guerra se prepara con ardor día tras día por muchos miles de hombres. Esto, desde que lo sé, me ha paralizado y me ha llevado a la desesperación, ya que no hay para mí «patria» ni ideales, todo eso no es más que escenario para los señores que preparan la próxima carnicería."
V
"¿Crees que no soy capaz de comprender tu terror ante el fox-trot, tu repugnancia hacia los bares y los locales de baile, tu resistencia contra la música de jazz y todas estas cosas? Demasiado bien lo comprendo, y lo mismo tu aversión a la política, tu tristeza por la palabrería y el irresponsable hacer que hacemos de los partidos y de la Prensa, tu desesperación por la guerra, por la pasada y por la venidera, por la manera cómo hoy se piensa, se lee, se construye, se hace música, se celebran fiestas, se promueve la cultura. Tienes razón, lobo estepario, mil veces razón, y, sin embargo, has de sucumbir. Para este mundo sencillo de hoy, cómodo y satisfecho con tan poco, eres tú demasiado exigente y hambriento; el mundo te rechaza, tienes para él una dimensión de más. El que hoy quiera vivir y alegrarse de su vida, no ha de ser un hombre como tú ni como yo. El que en lugar de chinchín exija música, en lugar de placer alegría, en lugar de dinero alma, en vez de loca actividad verdadero trabajo, en vez de jugueteo pura pasión, para ése no es hogar este bonito mundo que padecemos…"
25 de noviembre de 2014
Extractos escogidos de "Rayuela" de Julio Cortazar
2
"porque aunque hiciéramos tantas veces el amor
la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este
placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la
inmovilidad. La Maga no sabía que mis besos eran como ojos que empezaban a
abrirse más allá de ella, y que yo andaba como salido, volcado en otra figura del
mundo, piloto vertiginoso en una proa negra que cortaba el agua del tiempo y la
negaba.
En esos días del cincuenta y tantos empecé a sentirme como acorralado entre
la Maga y una noción diferente de lo que hubiera tenido que ocurrir. Era idiota
sublevarse contra el mundo Maga y el mundo Rocamadour, cuando todo me
decía que apenas recobrara la independencia dejaría de sentirme libre. Hipócrita
como pocos, me molestaba un espionaje a la altura de mi piel, de mis piernas, de
mi manera de gozar con la Maga, de mis tentativas de papagayo en la jaula
leyendo a Kierkegaard a través de los barrotes, y creo que por sobre todo me
molestaba que la Maga no tuviera conciencia de ser mi testigo y que al contrario
estuviera convencida de mi soberana autarquía; pero no, lo que verdaderamente
me exasperaba era saber que nunca volvería a estar tan cerca de mi libertad como
en esos días en que me sentía acorralado por el mundo Maga, y que la ansiedad
por liberarme era una admisión de derrota. Me dolía reconocer que a golpes
sintéticos, a pantallazos maniqueos o a estúpidas dicotomías resecas no podía
abrirme paso por las escalinatas de la Gare de Montparnasse adonde me
arrastraba la Maga para visitar a Rocamadour. ¿Por qué no aceptar lo que estaba
ocurriendo sin pretender explicarlo, sin sentar las nociones de orden y de
desorden, de libertad y Rocamadour como quien distribuye macetas con
geranios en un patio de la calle Cochabamba? "
"porque aunque hiciéramos tantas veces el amor
la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este
placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la
inmovilidad. La Maga no sabía que mis besos eran como ojos que empezaban a
abrirse más allá de ella, y que yo andaba como salido, volcado en otra figura del
mundo, piloto vertiginoso en una proa negra que cortaba el agua del tiempo y la
negaba.
En esos días del cincuenta y tantos empecé a sentirme como acorralado entre
la Maga y una noción diferente de lo que hubiera tenido que ocurrir. Era idiota
sublevarse contra el mundo Maga y el mundo Rocamadour, cuando todo me
decía que apenas recobrara la independencia dejaría de sentirme libre. Hipócrita
como pocos, me molestaba un espionaje a la altura de mi piel, de mis piernas, de
mi manera de gozar con la Maga, de mis tentativas de papagayo en la jaula
leyendo a Kierkegaard a través de los barrotes, y creo que por sobre todo me
molestaba que la Maga no tuviera conciencia de ser mi testigo y que al contrario
estuviera convencida de mi soberana autarquía; pero no, lo que verdaderamente
me exasperaba era saber que nunca volvería a estar tan cerca de mi libertad como
en esos días en que me sentía acorralado por el mundo Maga, y que la ansiedad
por liberarme era una admisión de derrota. Me dolía reconocer que a golpes
sintéticos, a pantallazos maniqueos o a estúpidas dicotomías resecas no podía
abrirme paso por las escalinatas de la Gare de Montparnasse adonde me
arrastraba la Maga para visitar a Rocamadour. ¿Por qué no aceptar lo que estaba
ocurriendo sin pretender explicarlo, sin sentar las nociones de orden y de
desorden, de libertad y Rocamadour como quien distribuye macetas con
geranios en un patio de la calle Cochabamba? "
116
"En un pasaje de Morelli, este epígrafe de L’Abbé C, de Georges Bataille: «Il
souffrait d’avoir introduit des figures décharnées, qui se déplaçaient dans un
monde dément, qui jamais ne pourraient convaincre.»
Una nota con lápiz, casi ilegible: «Sí, se sufre de a ratos, pero es la única salida
decente. Basta de novelas hedónicas, premasticadas, con psicologías. Hay que
tenderse al máximo, ser voyant como quería Rimbaud. El novelista hedónico no
es más que un voyeur. Por otro lado, basta de técnicas puramente descriptivas, de
novelas, ‘del comportamiento’, meros guiones de cine sin el rescate de las
imágenes.»
A relacionar con otro pasaje: «¿Cómo contar sin cocina, sin maquillaje, sin
guiñadas de ojo al lector? Tal vez renunciando al supuesto de que una narración
es una obra de arte. Sentirla como sentiríamos el yeso que vertemos sobre un
rostro para hacerle una mascarilla. Pero el rostro debería ser el nuestro.»"
3
"Por la mañana tendría que ir a lo del viejo Trouille y ponerle al día la correspondencia con Latinoamérica. Salir, hacer, poner al día, no eran cosas que ayudaran a dormirse.
Poner al día, vaya expresión. Hacer. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer
tiempo, la acción en todas sus barajas. Pero detrás de toda acción había una
protesta, porque todo hacer significaba salir de para llegar a, o mover algo para
que estuviera aquí y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar o entrar en la
de al lado, es decir que en todo acto había la admisión de una carencia, de algo
no hecho todavía y que era posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente. Creer que la
acción podía colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a
una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más
renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara.
Oliveira encendió otro cigarrillo, y su mínimo hacer lo obligó a sonreírse
irónicamente y a tomarse el pelo en el acto mismo. Poco le importaban los
análisis superficiales, casi siempre viciados por la distracción y las trampas
filológicas. Lo único cierto era el peso en la boca del estómago, la sospecha física
de que algo no andaba bien, de que casi nunca había andado bien. No era ni
siquiera un problema, sino haberse negado desde temprano a las mentiras
colectivas o a la soledad rencorosa del que se pone a estudiar los isótopos
radiactivos o la presidencia de Bartolomé Mitre. Si algo había elegido desde
joven era no defenderse mediante la rápida y ansiosa acumulación de una
«cultura», truco por excelencia de la clase media argentina para hurtar el cuerpo
a la realidad nacional y a cualquier otra, y creerse a salvo del vacío que la
rodeaba. Tal vez gracias a esa especie de fiaca sistemática, como la definía su
camarada Traveler, se había librado de ingresar en ese orden fariseo (en el que
militaban muchos amigos suyos, en general de buena fe porque la cosa era
posible, había ejemplos), que esquivaba el fondo de los problemas mediante una
especialización de cualquier orden, cuyo ejercicio confería irónicamente las más
altas ejecutorias de argentinidad. Por lo demás le parecía tramposo y fácil
mezclar problemas históricos como el ser argentino o esquimal, con problemas
como el de la acción o la renuncia. Había vivido lo suficiente para sospechar eso
que, pegado a las narices de cualquiera, se le escapa con la mayor frecuencia: el
peso del sujeto en la noción del objeto. La Maga era de las pocas que no
olvidaban jamás que la cara de un tipo influía siempre en la idea que pudiera
hacerse del comunismo o la civilización cretomicénica, y que la forma de sus
manos estaba presente en lo que su dueño pudiera sentir frente a Ghirlandaio o
Dostoievski. Por eso Oliveira tendía a admitir que su grupo sanguíneo, el hecho
de haber pasado la infancia rodeado de tíos majestuosos, unos amores
contrariados en la adolescencia y una facilidad para la astenia podían ser factores
de primer orden en su cosmovisión. Era clase media, era porteño, era colegio
nacional, y esas cosas no se arreglan así nomás. Lo malo estaba en que a fuerza
de temer la excesiva localización de los puntos de vista, había terminado por
pesar y hasta aceptar demasiado el sí y el no de todo, a mirar desde el fiel los
platillos de la balanza. "
13 de octubre de 2014
El peatón
Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de
noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con
las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor
Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas
iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar.
Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o
era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando
ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y
pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un
cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces
tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las
paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la
noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no
habían cerrado una ventana.
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía
caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había
pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en
intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los
tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría
ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de
noviembre.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste,
hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le
lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la
luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor
Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas
otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo
ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los
raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
— Hola, los de adentro -les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras-.
¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde
corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella
loma?
La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la
sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto,
inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona,
invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra
compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
— ¿Qué pasa ahora? -les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera-. Las
ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de
adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?
¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El
señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un
saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego
de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había
encontrado a otra persona que se paseara como él.
Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad.
Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de
insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse
unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como
arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.
noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con
las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor
Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas
iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar.
Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o
era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando
ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y
pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un
cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces
tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las
paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la
noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no
habían cerrado una ventana.
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía
caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había
pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en
intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los
tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría
ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de
noviembre.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste,
hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le
lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la
luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor
Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas
otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo
ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los
raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
— Hola, los de adentro -les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras-.
¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde
corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella
loma?
La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la
sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto,
inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona,
invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra
compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
— ¿Qué pasa ahora? -les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera-. Las
ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de
adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?
¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El
señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un
saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego
de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había
encontrado a otra persona que se paseara como él.
Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad.
Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de
insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse
unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como
arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.
Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una cuadra de su
destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre
él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como
una polilla nocturna, atontado por la luz.
Una voz metálica llamó:
— Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!
Mead se detuvo.
— ¡Arriba las manos!
— Pero... -dijo Mead.
— ¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres
millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes,
en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres
coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía,
salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.
— ¿Su nombre? -dijo el coche de policía con un susurro metálico.
Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.
— Leonard Mead -dijo.
— ¡Más alto!
— ¡Leonard Mead!
— ¿Ocupación o profesión?
— Imagino que ustedes me llamarían un escritor.
— Sin profesión -dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una
aguja.
— Sí, puede ser así -dijo.
No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora
en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal
iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una
luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.
— Sin profesión -dijo la voz de fonógrafo, siseando-. ¿Qué estaba haciendo afuera?
— Caminando -dijo Leonard Mead.
— ¡Caminando!
— Sólo caminando -dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.
— ¿Caminando, sólo caminando, caminando?
— Sí, señor.
— ¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?
— Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
— ¡Su dirección!
— Calle Saint James, once, sur.
— ¿Hay aire en su casa, tiene usted un acondicionador de aire, señor Mead?
— Sí.
— ¿Y tiene usted televisor?
— No.
— ¿No?
Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.
— ¿Es usted casado, señor Mead?
— No.
— No es casado -dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.
La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y
silenciosas.
— Nadie me quiere -dijo Leonard Mead con una sonrisa.
— ¡No hable si no le preguntan!
Leonard Mead esperó en la noche fría.
— ¿Sólo caminando, señor Mead?
— Sí.
— Pero no ha dicho para qué.
— Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.
— ¿Ha hecho esto a menudo?
— Todas las noches durante años.
El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que
zumbaba débilmente.
— Bueno, señor Mead -dijo el coche.
— ¿Eso es todo? -preguntó Mead cortésmente.
— Sí -dijo la voz-. Acérquese. -Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela
trasera del coche se abrió de par en par-. Entre.
— Un minuto. ¡No he hecho nada!
— Entre.
— ¡Protesto!
— Señor Mead.
Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto
a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había
nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.
— Entre.
Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño
calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado
limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.
— Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... -dijo la voz de hierro-. Pero...
— ¿Hacia dónde me llevan?
El coche titubeó, dejó oir un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte
algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.
— Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.
Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las
avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.
Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una
ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una
resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.
— Mi casa -dijo Leonard Mead.
Nadie le respondió.
El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las
calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo
ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.
Ray Bradbury (del libro "Las doradas manzanas de sol")
26 de septiembre de 2014
Extracto de "El amor loco"
Como ocurre siempre en las épocas
en que socialmente la vida no vale nada,
es preciso saber por medio
de los ojos de Eros.
En el tiempo que está por llegar,
a Eros le incumbe restablecer
el equilibrio roto en provecho
de la muerte.
André Breton
en que socialmente la vida no vale nada,
es preciso saber por medio
de los ojos de Eros.
En el tiempo que está por llegar,
a Eros le incumbe restablecer
el equilibrio roto en provecho
de la muerte.
André Breton
3 de septiembre de 2014
Extracto de "Madame Bovary" de Gustave Flaubert
"Pero la cosa ya no tenía arreglo. Ocho días más tarde, cuando estaba tendiendo la ropa blanca en el patio, tuvo un vómito de sangre. Al día siguiente, cuando Charles estaba a punto de correr las cortinas de la ventana de espaldas a su mujer, ella dijo: "¡Ay, Dios mío", lanzó un suspiro y perdió el conocimiento. ¡Qué cosa más sorprendente! Resulta que estaba muerta.
Al salir del cementerio, cuando ya había concluido todo, Charles regresó a su casa. No había nadie en la planta baja. Subió al piso de arriba. En su cuarto vio un vestido de ella colgado al pie de la cama. Se apoyó contra el escritorio y se quedó allí hasta que se hizo de noche, sumido en un doloroso ensimismamiento. Ella a fin de cuentas, le había querido."
Al salir del cementerio, cuando ya había concluido todo, Charles regresó a su casa. No había nadie en la planta baja. Subió al piso de arriba. En su cuarto vio un vestido de ella colgado al pie de la cama. Se apoyó contra el escritorio y se quedó allí hasta que se hizo de noche, sumido en un doloroso ensimismamiento. Ella a fin de cuentas, le había querido."
Extracto de "Cuatro años a bordo de mí mismo" de Eduardo Zalamea Borda
"Me aburría profundamente y concienzudamente en esa corta ciudad, leyendo libros estúpidos y acaramelados de Ricardo León, Jorge Ohnet y Henri Bordeaux. No llegaban libros de otros autores y todos los ciudadanos se creían grandes poetas y literatos. La ciudad era pintoresca, a pesar de todo. Resultaba maravillosa como espectáculo. Pero no existe un espectáculo tan decididamente divertido que pueda curar el aburrimiento perenne. Y un día resolví irme. Sin saber para dónde. Un abuelo mío había sido pirata. Un abuelo o un bisabuelo. No lo recuerdo exactamente. Yo no sabía para dónde irme. Pero eso no importaba. Lo único necesario era salir de allí.
Y por fin llegó la mañana de aquél lejano día de enero que debía ser el de mi viaje. Comencé a despedirme de la ciudad, como si no hubiera de volver nunca. Crecía en mí la certidumbre de la ausencia y se me alargaban las perspectivas de la distancia que habría de separarme de la ciudad. Cada minuto que pasó de aquel día, me dejó recuerdos de años. Lo remoto, lo desconocido, lo distante, adquirían frente a mi pensamiento -anticipo de lo que había de dejar más tarde y para siempre la retina- aspectos sorprendentes. Y en todos los instantes de aquel día -que para mí no tuvo color- se agolparon paisajes que había de mirar más tarde. Nacieron entonces rostros que eran en ese tiempo, más jóvenes que cuando los vi en carne, y esbozáronse sensaciones que experimenté después."
Y por fin llegó la mañana de aquél lejano día de enero que debía ser el de mi viaje. Comencé a despedirme de la ciudad, como si no hubiera de volver nunca. Crecía en mí la certidumbre de la ausencia y se me alargaban las perspectivas de la distancia que habría de separarme de la ciudad. Cada minuto que pasó de aquel día, me dejó recuerdos de años. Lo remoto, lo desconocido, lo distante, adquirían frente a mi pensamiento -anticipo de lo que había de dejar más tarde y para siempre la retina- aspectos sorprendentes. Y en todos los instantes de aquel día -que para mí no tuvo color- se agolparon paisajes que había de mirar más tarde. Nacieron entonces rostros que eran en ese tiempo, más jóvenes que cuando los vi en carne, y esbozáronse sensaciones que experimenté después."
18 de agosto de 2014
Extracto de Charles Bukowski
"Para aquellos que creen en Dios, la mayoría de las grandes preguntas están resueltas. Para aquellos de nosotros que no aceptamos la formula divina, las grandes respuestas no permanecen escritas sobre piedra. Somos flexibles. Nos ajustamos a las nuevas condiciones y descubrimientos. Somos flexibles. Yo soy mi propio dios. Estamos aquí para olvidar las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educacional. Estamos aquí para beber cerveza. Estamos aquí para acabar con la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir nuestras vidas tan bien que la muerte tiemble al llevárnoslos (...) Parecía como si sólo hubiese dos elecciones: vivir dentro de la carrera de atropellos o ser un marginado hundido."
17 de agosto de 2014
Extracto de "Narciso y Goldmundo" de Hermann Hesse
"— Escucha — le dijo—. Nada mas que en una cosa te aventajo: yo estoy despierto mientras que tu lo estas tan solo a medias y, a veces, duermes por complete. Llamo despierto a aquel que, con la razón y la conciencia, se conoce a sí mismo y conoce sus mas íntimas fuerzas, impulsos y flaquezas irracionales, y sabe contar con ellas. El aprender esto es el sentido que para ti puede tener nuestro encuentro. En ti, Goldmundo, el espíritu y la naturaleza, la conciencia y el mundo de los ensueños se hallan muy distanciados; has olvidado tu infancia, y ella desde el hondón de tu alma te solicita. Y te hara sufrir hasta que le prestes oídos... Bueno; de esto basta. Como te decía, pues, en lo de estar en vela soy mas fuerte que tu; aquí te aventajo y, por eso, puedo serte de provecho. En todo lo demás, querido, eres superior a mí... digo, lo seras en cuanto te hayas encontrado a ti mismo."
14 de agosto de 2014
Extracto del cuento "El pájaro verde" de Juan Emar
"(...) La noche del 9 de febrero, sorbiendo nuestras tazas de café en mi escritorio, mi tío me preguntó de pronto, alargando su índice tembloroso hacia el pájaro verde:
-¿Y ese loro?
En breves palabras le conté cómo había llegado a mis manos después de una noche de diversiones y bullicio de mis mejores amigos y a la que no había podido asistir por haber ingerido el día antes enormes cantidades de comida y de alcoholes varios. Mi tío José Pedro clavóme entonces una mirada austera y luego, posándola sobre el ave, exclamó:
-¡Infame bicho!
Esto fue todo.
Esto fue el desatar, el cataclismo, la catástrofe. Esto fue el fin de su destino y el comienzo del total cambio el mío. Esto -alcancé a observarlo con la velocidad del rayo en mi reloj mural- aconteció a los 10 y 2 minutos y 48 segundos de aquel fatal 9 de febrero de 1931.
-¡Infame bicho!
Exactamente con perderse el último eco de la "o" final, el loro abrió sus alas, las agitó con vertiginosa rapidez y, tomando los aires con su pedestal de ébano siempre adherido a las patas, cruzó la habitación y, como un proyectil cayó sobre el cráneo del pobre tío José Pedro.
Al tocarlo -recuerdo perfectamente el pedestal osciló como un péndulo y vino a golpear con su base -que debe haber estado bastante sucia- la gran corbata blanca de mi tío, dejando en ella una mancha terrosa. Junto con ello, el loro clavaba en su calva un violento picotazo. Crujió el frontal, cedió, se abrió y de la abertura, tal cual sale, crece, se infla y derrama la lava de un volcán, salió, creció, se infló y derramó gruesa masa gris de su cerebro y varios hilillos de sangre resbalaron por la frente y por la sien izquierda. Entonces el silencio que se había producido al empezar el ave el vuelo, fue llenado por el más horrible grito de espanto, dejándome paralizado, helado, petrificado, pues nunca habría podido imaginar que un hombre lograse gritar en tal forma y menos el buen tío de hablar lento y cadencioso.
Mas un instante después recobraba de golpe, como una llamarada, mi calor y mi conciencia, cogía de un viejo mortero su mano de cobre y me lanzaba hacia ellos dispuesto a deshacer de un mazazo al vil pajarraco.
Tres saltos y alzo el arma para dejarla caer sobre el bicho en el momento en que se disponía a clavar un segundo picotazo. Pero al verme se detuvo, volvió los ojos hacia mí y con un ligero movimiento de cabeza, me preguntó presuroso:
-¿El señor Juan Emar, si me hace el favor?
Y yo, naturalmente, respondí:
- Servidor de usted.
Entonces, ante esta repentina paralización mía, asestó un segundo picotazo. Un nuevo agujero en el cráneo, nueva materia gris, nuevos hilos de sangre y nuevo grito de horror, pero ya más ahogado, más debilitado.
Vuelvo a recobrar mi sangre fría y, con ella, la clara noción de mi deber. Alzase mi brazo y el arma. Pero el loro vuelve a fijarme y vuelve a hablar:
-¿El señor Juan Em... ?
Y yo, con tal de terminar pronto:
- Servidor de ust...
Tercer picotazo. Mi viejo perdió un ojo. Como quien usa una cucharilla especial, el loro con su pico se lo vació y luego lo escupió a mis pies.
El ojo de mi viejo era de una redondez perfecta salvo en el punto opuesto a la pupila donde crecía una como pequeña colita que me recordó inmediatamente los ágiles guarisapos que pueblan los pantanos.De esta colita salía un hilo escarlata delgadísimo que, desde el suelo, iba a internarse en la cavidad vacía del ojo y que, con los desesperados movimientos del anciano, se alargaba, se acortaba, temblaba, mas no se rompía ni tampoco movía al ojo quedado como adherido al suelo. Este ojo era, repito -hechas las salvedades que anoto- perfectamente esférico. Era blanco, blanco cual una bolita de marfil. Yo siempre había imaginado que los ojos, atrás -y sobre todo de los ancianos-, eran ligeramente tostados.Mas no: blanco, blanco cual una bolita de marfil.
Sobre este blanco, con gracia, con sutileza, corrían finísimas venas de laca que, entremezclándose con otras más finas aún de cobalto, formaban una maravillosa filigrana, tan maravillosa, que parecía moverse, resbalar sobre el húmedo blanco y, a veces, hasta desprenderse para ir luego por los aires como una telaraña iluminada que volase.
Pero no. Nada se movía. Era una ilusión nacida del deseo -harto legítimo por lo demás- de que tanta belleza y gracia aumentase, siguiese, llegase a la vida propia y se elevase para recrear la vista con sus formas multiplicadas, el alma con su realización asombrosa.
Un tercer grito me volvió al camino de mi deber. ¿Grito? No tanto. Un quejido ronco; eso es, un quejido ronco pero suficiente, como he dicho, para volverme al camino de mi deber.
Un salto y silba en mi mano la mano del rnortero. El loro se vuelve, me mira:
-¿El señor Ju... ?
Y yo presuroso:
-Servidor de u...
Un instante. Detención. Cuarto picotazo.
Este cayó en lo alto de la nariz y se terminó en su base. Es decir, la rebanó en su totalidad.
Mi tío, después de esto, quedó hecho un espectáculo pasmoso. Bullía en lo alto de su cabeza, en dos cráteres, la lava de sus pensamientos; vibraba el hilito escarlata desde la cuenca de su ojo; y en el triángulo dejado en medio de la cara por la desaparición de la nariz, aparecía y desaparecía, se inflaba y se chupaba, a impulsos de su respiración agitada, una masa de sangre espesa.
Aquí ya no hubo grito ni quejido. Únicamente su otro ojo, por entre los párpados caídos, pudo lanzarme una mirada de súplica. La sentí clavarse en mi corazón y afluir entonces a éste toda la ternura y todos los recuerdos perdidos hasta la infancia, que me ataban a mi tío. Ante tales sentimientos, no vacilé más y me lancé frenético y ciego. Mientras mi brazo caía, llegó a mis oídos un susurro:
-¿El señ... ?
Y oí que mis labios respondían:
- Servid...
Quinto picotazo. Le arrancó el mentón. Rodó el mentón por su pecho y, al pasar por su gran corbata blanca, limpió de ella el polvo dejado por el pedestal y lo reemplazó un diente amarilloso que allí se desprendió y sujetó, y que brilló como un topacio. Acto continuo, allá arriba, cesó el bullir, por el triángulo de la nariz disminuyó el ir y venir de los borbotones espesos, el hilo del ojo se rompió, y el mentón, al dar contra el suelo, sonó como un tambor. Entonces sus dos manos flacas cayeron lacias de ambos lados y de sus uñas agudas, dirigidas inertes hacia la tierra, se desprendieron diez lágrimas de sudor.
Sonó un silbido bajo. Un estertor. Silencio.
Mi tío José Pedro falleció. (...)
-¿Y ese loro?
En breves palabras le conté cómo había llegado a mis manos después de una noche de diversiones y bullicio de mis mejores amigos y a la que no había podido asistir por haber ingerido el día antes enormes cantidades de comida y de alcoholes varios. Mi tío José Pedro clavóme entonces una mirada austera y luego, posándola sobre el ave, exclamó:
-¡Infame bicho!
Esto fue todo.
Esto fue el desatar, el cataclismo, la catástrofe. Esto fue el fin de su destino y el comienzo del total cambio el mío. Esto -alcancé a observarlo con la velocidad del rayo en mi reloj mural- aconteció a los 10 y 2 minutos y 48 segundos de aquel fatal 9 de febrero de 1931.
-¡Infame bicho!
Exactamente con perderse el último eco de la "o" final, el loro abrió sus alas, las agitó con vertiginosa rapidez y, tomando los aires con su pedestal de ébano siempre adherido a las patas, cruzó la habitación y, como un proyectil cayó sobre el cráneo del pobre tío José Pedro.
Al tocarlo -recuerdo perfectamente el pedestal osciló como un péndulo y vino a golpear con su base -que debe haber estado bastante sucia- la gran corbata blanca de mi tío, dejando en ella una mancha terrosa. Junto con ello, el loro clavaba en su calva un violento picotazo. Crujió el frontal, cedió, se abrió y de la abertura, tal cual sale, crece, se infla y derrama la lava de un volcán, salió, creció, se infló y derramó gruesa masa gris de su cerebro y varios hilillos de sangre resbalaron por la frente y por la sien izquierda. Entonces el silencio que se había producido al empezar el ave el vuelo, fue llenado por el más horrible grito de espanto, dejándome paralizado, helado, petrificado, pues nunca habría podido imaginar que un hombre lograse gritar en tal forma y menos el buen tío de hablar lento y cadencioso.
Mas un instante después recobraba de golpe, como una llamarada, mi calor y mi conciencia, cogía de un viejo mortero su mano de cobre y me lanzaba hacia ellos dispuesto a deshacer de un mazazo al vil pajarraco.
Tres saltos y alzo el arma para dejarla caer sobre el bicho en el momento en que se disponía a clavar un segundo picotazo. Pero al verme se detuvo, volvió los ojos hacia mí y con un ligero movimiento de cabeza, me preguntó presuroso:
-¿El señor Juan Emar, si me hace el favor?
Y yo, naturalmente, respondí:
- Servidor de usted.
Entonces, ante esta repentina paralización mía, asestó un segundo picotazo. Un nuevo agujero en el cráneo, nueva materia gris, nuevos hilos de sangre y nuevo grito de horror, pero ya más ahogado, más debilitado.
Vuelvo a recobrar mi sangre fría y, con ella, la clara noción de mi deber. Alzase mi brazo y el arma. Pero el loro vuelve a fijarme y vuelve a hablar:
-¿El señor Juan Em... ?
Y yo, con tal de terminar pronto:
- Servidor de ust...
Tercer picotazo. Mi viejo perdió un ojo. Como quien usa una cucharilla especial, el loro con su pico se lo vació y luego lo escupió a mis pies.
El ojo de mi viejo era de una redondez perfecta salvo en el punto opuesto a la pupila donde crecía una como pequeña colita que me recordó inmediatamente los ágiles guarisapos que pueblan los pantanos.De esta colita salía un hilo escarlata delgadísimo que, desde el suelo, iba a internarse en la cavidad vacía del ojo y que, con los desesperados movimientos del anciano, se alargaba, se acortaba, temblaba, mas no se rompía ni tampoco movía al ojo quedado como adherido al suelo. Este ojo era, repito -hechas las salvedades que anoto- perfectamente esférico. Era blanco, blanco cual una bolita de marfil. Yo siempre había imaginado que los ojos, atrás -y sobre todo de los ancianos-, eran ligeramente tostados.Mas no: blanco, blanco cual una bolita de marfil.
Sobre este blanco, con gracia, con sutileza, corrían finísimas venas de laca que, entremezclándose con otras más finas aún de cobalto, formaban una maravillosa filigrana, tan maravillosa, que parecía moverse, resbalar sobre el húmedo blanco y, a veces, hasta desprenderse para ir luego por los aires como una telaraña iluminada que volase.
Pero no. Nada se movía. Era una ilusión nacida del deseo -harto legítimo por lo demás- de que tanta belleza y gracia aumentase, siguiese, llegase a la vida propia y se elevase para recrear la vista con sus formas multiplicadas, el alma con su realización asombrosa.
Un tercer grito me volvió al camino de mi deber. ¿Grito? No tanto. Un quejido ronco; eso es, un quejido ronco pero suficiente, como he dicho, para volverme al camino de mi deber.
Un salto y silba en mi mano la mano del rnortero. El loro se vuelve, me mira:
-¿El señor Ju... ?
Y yo presuroso:
-Servidor de u...
Un instante. Detención. Cuarto picotazo.
Este cayó en lo alto de la nariz y se terminó en su base. Es decir, la rebanó en su totalidad.
Mi tío, después de esto, quedó hecho un espectáculo pasmoso. Bullía en lo alto de su cabeza, en dos cráteres, la lava de sus pensamientos; vibraba el hilito escarlata desde la cuenca de su ojo; y en el triángulo dejado en medio de la cara por la desaparición de la nariz, aparecía y desaparecía, se inflaba y se chupaba, a impulsos de su respiración agitada, una masa de sangre espesa.
Aquí ya no hubo grito ni quejido. Únicamente su otro ojo, por entre los párpados caídos, pudo lanzarme una mirada de súplica. La sentí clavarse en mi corazón y afluir entonces a éste toda la ternura y todos los recuerdos perdidos hasta la infancia, que me ataban a mi tío. Ante tales sentimientos, no vacilé más y me lancé frenético y ciego. Mientras mi brazo caía, llegó a mis oídos un susurro:
-¿El señ... ?
Y oí que mis labios respondían:
- Servid...
Quinto picotazo. Le arrancó el mentón. Rodó el mentón por su pecho y, al pasar por su gran corbata blanca, limpió de ella el polvo dejado por el pedestal y lo reemplazó un diente amarilloso que allí se desprendió y sujetó, y que brilló como un topacio. Acto continuo, allá arriba, cesó el bullir, por el triángulo de la nariz disminuyó el ir y venir de los borbotones espesos, el hilo del ojo se rompió, y el mentón, al dar contra el suelo, sonó como un tambor. Entonces sus dos manos flacas cayeron lacias de ambos lados y de sus uñas agudas, dirigidas inertes hacia la tierra, se desprendieron diez lágrimas de sudor.
Sonó un silbido bajo. Un estertor. Silencio.
Mi tío José Pedro falleció. (...)
31 de julio de 2014
Extracto de El Infierno - Canto III de "La divina comedia" de Dante Alighieri
"Por mi se va a la ciudad doliente,
por mi se ingresa en el dolor eterno,
por mi se va con la perdida gente.
La justicia movió a mi alto hacedor:
Hízome la divina potestad,
la suma sabiduría y el primer amor.
Antes de mí ninguna cosa fue creada
sólo las eternas, y yo eternamente duro:
¡Perded toda esperanza los que entráis!"
Estas palabras de oscuro tono
vi escritas en el dintel de una puerta:
Y dije: Maestro, me es duro el sentido.
Y él a mí, como persona atenta:
Es necesario aquí dejar todo recelo;
toda cobardía es necesario que aquí muera.
Hemos venido al lugar donde te dije
habías de ver la gente adolorida,
las que han perdido el bien del intelecto.
Después su mano en la mía puso
con rostro sonriente me reanimó,
y me introdujo adentro a las secretas cosas.
Allí suspiros, llantos y grandes males
resonaban en el aire sin estrellas,
que me hicieron llorar no bien entré.
por mi se ingresa en el dolor eterno,
por mi se va con la perdida gente.
La justicia movió a mi alto hacedor:
Hízome la divina potestad,
la suma sabiduría y el primer amor.
Antes de mí ninguna cosa fue creada
sólo las eternas, y yo eternamente duro:
¡Perded toda esperanza los que entráis!"
Estas palabras de oscuro tono
vi escritas en el dintel de una puerta:
Y dije: Maestro, me es duro el sentido.
Y él a mí, como persona atenta:
Es necesario aquí dejar todo recelo;
toda cobardía es necesario que aquí muera.
Hemos venido al lugar donde te dije
habías de ver la gente adolorida,
las que han perdido el bien del intelecto.
Después su mano en la mía puso
con rostro sonriente me reanimó,
y me introdujo adentro a las secretas cosas.
Allí suspiros, llantos y grandes males
resonaban en el aire sin estrellas,
que me hicieron llorar no bien entré.
4 de julio de 2014
Extracto de "Sobre héroes y tumbas" de Ernesto Sabato
— ¡Qué feliz fui aquella tarde!
Arrepintiéndose y avergonzándose en seguida de semejante
frase, tan íntima y patética. Pero Bruno, no se rió, ni se sonrió (Martín lo
miraba casi aterrado), sino que permaneció pensativo y serio, mirando hacia el
río. Y cuando, después de un largo rato, Martín imaginaba que no haría ningún
comentario, dijo:
—Así se da la felicidad.
¿Qué quería decir? Se quedó escuchándolo, anhelante, como
siempre que se trataba de algo vinculado a Alejandra.
—En pedazos, por momentos. Cuando uno es chico espera la
gran felicidad, alguna felicidad enorme y absoluta. Y a la espera de ese
fenómeno se dejan pasar o no se aprecian las pequeñas felicidades, las únicas
que existen. Es como…
Se calló, sin embargo. Al rato continuó:
—Imagínese un mendigo que desdeña limosnas por el camino,
porque le han dado el dato de un formidable tesoro. Un tesoro inexistente.
Volvió a sumirse en sus pensamientos.
—Parecen fruslerías: una conversación apacible con un amigo.
A lo mejor esas gaviotas que vuelan en círculos. Este cielo. La cerveza que
tomamos hace un rato.
Se movió.
—Se me ha dormido una pierna. Es como si a uno le inyectaran
soda.
Se bajó y luego agregó:
—A veces pienso que esas pequeñas felicidades existen
precisamente porque son pequeñas. Como esa gente insignificante que pasa inadvertida.
Volvió a sumirse en sus pensamientos.
Extracto II de "Rayuela" de Julio Cortazar
Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos y Jano es de golpe cualquiera de nosotros. Todo esto se lo voy diciendo a Crevel pero es con la Maga que hablo, ahora que estamos tan lejos. Y no le hablo con las palabras que sólo han servido para no entendernos, ahora que ya es tarde empiezo a elegir otras, las de ella, las envueltas en eso que ella comprende y que no tiene nombre, auras y tensiones que crispan el aire entre dos cuerpos y llenan de polvo de oro una habitación o un verso. ¿Pero no hemos vivido así todo el tiempo, lacerándonos dulcemente? No, no hemos vivido así, ella hubiera querido pero una vez más yo volví a sentar el falso orden que disimula el caos, a fingir que me entregaba a una vida profunda de la que sólo tocaba el agua terrible con la punta de pie. Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impuso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es un orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en perjuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo. Ah, dejame entrar, dejame ver algún día como ven tus ojos.
14 de mayo de 2014
Extracto de "Los pasos perdidos" de Alejo Carpentier
"Detrás de mí, bajo un amasijo de hojas colgadas de ramas que
sirven de techo, acaban de tender el cuerpo hinchado y negro de un cazador
mordido por un crótalo. Fray Pedro dice que ha muerto hace varias horas. Sin
embargo, el Hechicero comienza a sacudir una calabaza llena de gravilla —único
instrumento que conoce esta gente— para tratar de ahuyentar a los mandatarios
de la Muerte. Hay un silencio ritual, preparador del ensalmo, que lleva la
expectación de los que esperan a su colmo. Y en la gran selva que se llena de
espantos nocturnos, surge la Palabra. Una palabra que es ya más que palabra.
Una palabra que imita la voz de quien dice, y también la que se atribuye al
espíritu que posee el cadáver. Una sale de la garganta del ensalmador; la otra,
de su vientre. Una es grave y confusa como un subterráneo hervor de lava; la
otra, de timbre mediano, es colérica y destemplada. Se alternan. Se responden.
Una increpa cuando la otra gime; la del vientre se hace sarcasmo cuando la que
surge del gaznate parece apremiar. Hay como portamentos guturales, prolongados
en aullidos; sílabas que, de pronto, se repiten mucho, llegando a crear un
ritmo; hay trinos de súbito cortados por cuatro notas que son el embrión de una
melodía. Pero luego es el vibrar de la lengua entre los labios, el ronquido
hacia adentro, el jadeo a contratiempo sobre la maraca. Es algo situado mucho
más allá del lenguaje, y que, sin embargo, está muy lejos aún del canto. Algo
que ignora la vocalización, pero es ya algo más que la palabra. A poco de
prolongarse, resulta horrible, pavorosa, esa grita sobre un cadáver rodeado de
perros mudos. Ahora, el Hechicero se le encara, vocifera, golpea con los
talones en el suelo, en lo más desgarrado de un furor imprecatorio que es ya la
verdad profunda de toda tragedia —intento primordial de lucha contra las
potencias de aniquilamiento que se atraviesan en los cálculos del hombre—.
Trato de mantenerme fuera de esto, de guardar distancias. Y, sin embargo, no
puedo sustraerme a la horrenda fascinación que esta ceremonia ejerce sobre mí…
Ante la terquedad de la Muerte, que se niega a soltar su presa, la Palabra, de
pronto, se ablanda y descorazona. En boca del Hechicero, del órfico ensalmador,
estertora y cae, convulsivamente, el Treno —pues esto y no otra cosa es un
treno—, dejándome deslumbrado con la revelación de que acabo de asistir al
Nacimiento de la Música."
12 de abril de 2014
Extracto de "Rayuela" de Julio Cortazar
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy
dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se
entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar,
hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en
la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí
para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco
comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi
mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y
entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos
se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran,
respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente,
mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando
en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un
silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente
la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena
de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos
mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber
simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva
y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna
en el agua.
Extracto de "Acerca del amor" de Anton Chejov
"Fuimos gran cantidad de personas a despedir a Anna
Aleskseyevna. Ella ya se había despedido de su esposo, de sus hijos, y el tren
estaba a punto de partir. Corrí a su compartimento para entregarle una cesta que
había dejado olvidada en el portaequipajes del coche. Era el momento de decirle
adiós. Cuando nuestros ojos se encontraron, no pudimos contenernos por más
tiempo. La abracé. Ella apretó su rostro contra mi pecho y corrieron las
lágrimas. Cuando le besé el rostro, los hombros y las manos, humedecidas por su
llanto ¡oh, qué desdichados éramos los dos! -le declaré mi amor y comprendí,
con un dolor punzante en el corazón, qué innecesario, trivial e ilusorio era
todo lo que se había interpuesto en el camino de nuestro amor. Comprendí que si
se quiere reflexionar sobre el amor se debe tener un punto de partida más noble
y significativo que la mera felicidad o la desdicha, que el pecado o la virtud,
tal como habitualmente se entienden. De lo contrario, es mejor no reflexionar
sobre ello en absoluto.
La besé por última vez, estreché su mano y nos separamos
para siempre. El tren estaba ya en marcha. Me senté en el compartimento
contiguo, que se encontraba vacío, y lloré hasta llegar hasta la primera
parada, en la que me bajé para regresar caminando de vuelta hasta Sofino".
Extracto de "Los Rubaiyat" de Omar Khayyam
Venid, llenad la Copa, y en el
Fuego de Primavera
Echad el manto Invernal del
Arrepentimiento:
El Ave del Tiempo sólo tiene un
corto camino para volar...
Y ¡mirad!, el Ave está tendiendo
sus Alas.
(Sabiduría persa)
Extracto de "Pedro Páramo" de Juan Rulfo
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un
tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en
cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella
estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. "No dejes de ir a
visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de
que le dar gusto conocerte." Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle
que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que
a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo
obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo,
cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto
comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se
me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado
Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.
Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto
sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.
El camino subía y bajaba: "Sube o baja según se va o se
viene. Para el que va, sube; para él que viene, baja."
-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá
abajo?
-Comala, señor.
-¿Está seguro de que ya es Comala?
-Seguro, señor.
-¿Y por qué se ve esto tan triste?
-Son los tiempos, señor.
11 de abril de 2014
Extracto de "La Tregua" de Mario Benedetti
Lunes 12 de agosto
Ayer de tarde estábamos sentados junto a la mesa. No
hacíamos nada, ni siquiera hablábamos. Yo tenía apoyada mi mano sobre un
cenicero sin ceniza. Estábamos tristes: eso era lo que estábamos, tristes. Pero
era una tristeza dulce, casi una paz. Ella me estaba mirando y de pronto movió
los labios para decir dos palabras. Dijo: "Te quiero". Entonces me di
cuenta de que era la primera vez que me lo decía, más aún, que era la primera
vez que lo decía a alguien. Isabel me lo hubiera repetido veinte veces por
noche. Para Isabel, repetirlo era como otro beso, era un simple resorte del
juego amoroso. Avellaneda, en cambio, lo había dicho una vez, la necesaria.
Quizá ya no precise decirlo más, porque no es juego: es una esencia.
Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una
opresión en la que no parecía estar afectado ningún órgano físico, pero que era
casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe
estar el alma, hecha un ovillo. "Hasta ahora no te lo había dicho",
murmuró, "no porque no te quisiera, sino porque ignoraba por qué te
quería. Ahora lo sé". Pude respirar, me pareció que la bocanada de aire
llegaba desde mi estómago. Siempre puedo respirar cuando alguien explica las
cosas. El deleite frente al misterio, el goce frente a lo inesperado, son
sensaciones que a veces mis módicas fuerzas no soportan. Menos mal que alguien
explica siempre las cosas. "Ahora lo sé. No te quiero por tu cara, ni por
tus años, ni por tus palabras, ni por tus intenciones. Te quiero porque estás
hecho de buena madera." Nadie me había dedicado jamás un juicio tan
conmovedor, tan sencillo, tan vivificante. Quiero creer que es cierto, quiero
creer que estoy hecho de buena madera. Quizá ese momento haya sido excepcional,
pero de todos modos me sentí vivir. Esa opresión en el pecho significa vivir.
Extracto de "Vida y Destino" de Vassili Grossman
En el momento decisivo de la batalla se produce un cambio
asombroso cuando el soldado que toma la ofensiva y cree que está próximo a
coronar el objetivo mira alrededor, desorientado, sin ver a los compañeros con
los que había iniciado la acción, mientras el enemigo, que todo el tiempo le
había parecido singular, débil y estúpido, de repente se convierte en plural y,
por ello, invencible. En ese momento decisivo de la batalla -claro para
aquellos que lo viven; misterioso e inexplicable para los que tratan de
adivinarlo y comprenderlo desde fuera- se produce un cambio de percepción: el
intrépido e inteligente "nosotros" se transforma en un tímido y
frágil "yo", mientras el desventurado adversario, que se percibía
como una única presa de caza, se convierte en un compacto, temible y amenazador
"ellos".
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