3 de septiembre de 2014

(Re)parto

Hace un rato ya, era asfixiante la cantidad de pensamientos que atormentaban al pobre coronel. Era doloroso ver el proceso lento y progresivo en el cual su mente se iba sobrecargando de ácidos cuestionamientos y finalmente hundiéndose en sí mismo. Un completo autoexamen existencial a toda hora, en todo lugar, en cualquier balance.
La cosa iba para mal y todos lo intuían, ese desajuste o irregularidad entre dos energías, como el choque de dos placas tectónicas que liberan un sinfín de tensión comprimida por años. Pero nadie dijo nada, sólo algunos quedaron atentos.
El coronel decaía. Había tardes en que llegaba desintonizado, como si estuviera sumergido en un profundo sueño del cual no estaba capacitado para despertar cuando en realidad estaba frente a meras cotidianidades, ya sea adiestrando al pelotón o cenando en el casino general. Cuando “volvía” a su rutinaria lucidez se disculpaba mencionando el mal sueño o problemas en la casa. Otros días, era irascible, parecía que venía de una mala racha y la paciencia se le había colmado. Se enfadada a cualquier provocación o molestia mínima y rápidamente le gritaba al primero que se le cruzase y a todos.
Esta “enfermedad” que tuvo al coronel durante varios meses entre altos y bajos no pasó inadvertida. La gente, chismosa, comenzó a susurrar y comentar que el coronel había perdido la razón, que el coronel estaba loco, que las cruces del pasado le comenzaron a pesar, que el coronel había bebido un veneno y ahora su alma estaba en manos del diablo. En fin, rumores y más rumores.
Lo peor era que algo de todo eso, era cierto. El coronel sí estaba perdiendo poco a poco su equilibrio emocional y se mostraba cada vez más sensible a los ataques de su memoria. El coronel siempre fue un hombre solitario que no pudo nunca desahogarse o llorar sus penas en algún hombro ajeno y ahora, simplemente deliraba en su tristeza sin ningún consuelo.

(...)

Las montañas y los árboles fueron su oído. Los únicos en escuchar sus desgarradores gritos de desahogo. El río solamente seguía su propio curso, no tenía tiempo para preocuparse de humanos en disparates. Pero aun así, con su ritmo y canto personal, lo acompañaba en la lejanía, como un arrurú de tranquilidad externa natural. El eco retumbaba en las laderas de los cerros creando un ritual liberador. Clamores, viento, tambores, silencio. 
El coronel, en ese momento, estaba viviendo una regeneración, algo así como un segundo nacimiento. Expulsó, vomitó y derramó las heridas del alma y lo impuro que tenía en el cuerpo. Quedó vacío. Se sentía como un feto acurrucado en el útero maternal, carente de cualquier perversión ajena a su inocencia. Cuando alzó la vista, la luz le afectó sus ojos. Todo raramente había aumentado su brillo, lo primero que vio fue hermoso y conmovedor: era su madre. Se emocionó hasta las lágrimas de verse rodeado por tan envolvente paraje: los arbustos y matorrales habían formado un círculo en inclinación donde el sol se asomaba entre los dos grandes pinos del otro lado del río. En las piedras crecía un musgo de un verdor fulgurante y el agua traía consigo hojas viajeras desde lo alto de la cordillera. ¡Cuánta vida!
En sólo 5 minutos, el coronel había experimentado todo lo que equivalen a una vida de sentimientos. Su conciencia estaba revolucionada.
Antes de dar su primer paso, tomó aire lentamente y llenó sus pulmones. Y después de muchos meses, volvió a sonreír. Sólo que ahora era una nueva sonrisa, ya que era un nuevo hombre. El coronel había muerto y vuelto a nacer.

Thor "LeFou"

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