Su percepción se abrió.
Qué raro le resultaba tener tanto poder.
Se sentía ajeno, distante.
Casi irreal.
Ni tan anónimo
16 de agosto de 2014
14 de agosto de 2014
Extracto del cuento "El pájaro verde" de Juan Emar
"(...) La noche del 9 de febrero, sorbiendo nuestras tazas de café en mi escritorio, mi tío me preguntó de pronto, alargando su índice tembloroso hacia el pájaro verde:
-¿Y ese loro?
En breves palabras le conté cómo había llegado a mis manos después de una noche de diversiones y bullicio de mis mejores amigos y a la que no había podido asistir por haber ingerido el día antes enormes cantidades de comida y de alcoholes varios. Mi tío José Pedro clavóme entonces una mirada austera y luego, posándola sobre el ave, exclamó:
-¡Infame bicho!
Esto fue todo.
Esto fue el desatar, el cataclismo, la catástrofe. Esto fue el fin de su destino y el comienzo del total cambio el mío. Esto -alcancé a observarlo con la velocidad del rayo en mi reloj mural- aconteció a los 10 y 2 minutos y 48 segundos de aquel fatal 9 de febrero de 1931.
-¡Infame bicho!
Exactamente con perderse el último eco de la "o" final, el loro abrió sus alas, las agitó con vertiginosa rapidez y, tomando los aires con su pedestal de ébano siempre adherido a las patas, cruzó la habitación y, como un proyectil cayó sobre el cráneo del pobre tío José Pedro.
Al tocarlo -recuerdo perfectamente el pedestal osciló como un péndulo y vino a golpear con su base -que debe haber estado bastante sucia- la gran corbata blanca de mi tío, dejando en ella una mancha terrosa. Junto con ello, el loro clavaba en su calva un violento picotazo. Crujió el frontal, cedió, se abrió y de la abertura, tal cual sale, crece, se infla y derrama la lava de un volcán, salió, creció, se infló y derramó gruesa masa gris de su cerebro y varios hilillos de sangre resbalaron por la frente y por la sien izquierda. Entonces el silencio que se había producido al empezar el ave el vuelo, fue llenado por el más horrible grito de espanto, dejándome paralizado, helado, petrificado, pues nunca habría podido imaginar que un hombre lograse gritar en tal forma y menos el buen tío de hablar lento y cadencioso.
Mas un instante después recobraba de golpe, como una llamarada, mi calor y mi conciencia, cogía de un viejo mortero su mano de cobre y me lanzaba hacia ellos dispuesto a deshacer de un mazazo al vil pajarraco.
Tres saltos y alzo el arma para dejarla caer sobre el bicho en el momento en que se disponía a clavar un segundo picotazo. Pero al verme se detuvo, volvió los ojos hacia mí y con un ligero movimiento de cabeza, me preguntó presuroso:
-¿El señor Juan Emar, si me hace el favor?
Y yo, naturalmente, respondí:
- Servidor de usted.
Entonces, ante esta repentina paralización mía, asestó un segundo picotazo. Un nuevo agujero en el cráneo, nueva materia gris, nuevos hilos de sangre y nuevo grito de horror, pero ya más ahogado, más debilitado.
Vuelvo a recobrar mi sangre fría y, con ella, la clara noción de mi deber. Alzase mi brazo y el arma. Pero el loro vuelve a fijarme y vuelve a hablar:
-¿El señor Juan Em... ?
Y yo, con tal de terminar pronto:
- Servidor de ust...
Tercer picotazo. Mi viejo perdió un ojo. Como quien usa una cucharilla especial, el loro con su pico se lo vació y luego lo escupió a mis pies.
El ojo de mi viejo era de una redondez perfecta salvo en el punto opuesto a la pupila donde crecía una como pequeña colita que me recordó inmediatamente los ágiles guarisapos que pueblan los pantanos.De esta colita salía un hilo escarlata delgadísimo que, desde el suelo, iba a internarse en la cavidad vacía del ojo y que, con los desesperados movimientos del anciano, se alargaba, se acortaba, temblaba, mas no se rompía ni tampoco movía al ojo quedado como adherido al suelo. Este ojo era, repito -hechas las salvedades que anoto- perfectamente esférico. Era blanco, blanco cual una bolita de marfil. Yo siempre había imaginado que los ojos, atrás -y sobre todo de los ancianos-, eran ligeramente tostados.Mas no: blanco, blanco cual una bolita de marfil.
Sobre este blanco, con gracia, con sutileza, corrían finísimas venas de laca que, entremezclándose con otras más finas aún de cobalto, formaban una maravillosa filigrana, tan maravillosa, que parecía moverse, resbalar sobre el húmedo blanco y, a veces, hasta desprenderse para ir luego por los aires como una telaraña iluminada que volase.
Pero no. Nada se movía. Era una ilusión nacida del deseo -harto legítimo por lo demás- de que tanta belleza y gracia aumentase, siguiese, llegase a la vida propia y se elevase para recrear la vista con sus formas multiplicadas, el alma con su realización asombrosa.
Un tercer grito me volvió al camino de mi deber. ¿Grito? No tanto. Un quejido ronco; eso es, un quejido ronco pero suficiente, como he dicho, para volverme al camino de mi deber.
Un salto y silba en mi mano la mano del rnortero. El loro se vuelve, me mira:
-¿El señor Ju... ?
Y yo presuroso:
-Servidor de u...
Un instante. Detención. Cuarto picotazo.
Este cayó en lo alto de la nariz y se terminó en su base. Es decir, la rebanó en su totalidad.
Mi tío, después de esto, quedó hecho un espectáculo pasmoso. Bullía en lo alto de su cabeza, en dos cráteres, la lava de sus pensamientos; vibraba el hilito escarlata desde la cuenca de su ojo; y en el triángulo dejado en medio de la cara por la desaparición de la nariz, aparecía y desaparecía, se inflaba y se chupaba, a impulsos de su respiración agitada, una masa de sangre espesa.
Aquí ya no hubo grito ni quejido. Únicamente su otro ojo, por entre los párpados caídos, pudo lanzarme una mirada de súplica. La sentí clavarse en mi corazón y afluir entonces a éste toda la ternura y todos los recuerdos perdidos hasta la infancia, que me ataban a mi tío. Ante tales sentimientos, no vacilé más y me lancé frenético y ciego. Mientras mi brazo caía, llegó a mis oídos un susurro:
-¿El señ... ?
Y oí que mis labios respondían:
- Servid...
Quinto picotazo. Le arrancó el mentón. Rodó el mentón por su pecho y, al pasar por su gran corbata blanca, limpió de ella el polvo dejado por el pedestal y lo reemplazó un diente amarilloso que allí se desprendió y sujetó, y que brilló como un topacio. Acto continuo, allá arriba, cesó el bullir, por el triángulo de la nariz disminuyó el ir y venir de los borbotones espesos, el hilo del ojo se rompió, y el mentón, al dar contra el suelo, sonó como un tambor. Entonces sus dos manos flacas cayeron lacias de ambos lados y de sus uñas agudas, dirigidas inertes hacia la tierra, se desprendieron diez lágrimas de sudor.
Sonó un silbido bajo. Un estertor. Silencio.
Mi tío José Pedro falleció. (...)
-¿Y ese loro?
En breves palabras le conté cómo había llegado a mis manos después de una noche de diversiones y bullicio de mis mejores amigos y a la que no había podido asistir por haber ingerido el día antes enormes cantidades de comida y de alcoholes varios. Mi tío José Pedro clavóme entonces una mirada austera y luego, posándola sobre el ave, exclamó:
-¡Infame bicho!
Esto fue todo.
Esto fue el desatar, el cataclismo, la catástrofe. Esto fue el fin de su destino y el comienzo del total cambio el mío. Esto -alcancé a observarlo con la velocidad del rayo en mi reloj mural- aconteció a los 10 y 2 minutos y 48 segundos de aquel fatal 9 de febrero de 1931.
-¡Infame bicho!
Exactamente con perderse el último eco de la "o" final, el loro abrió sus alas, las agitó con vertiginosa rapidez y, tomando los aires con su pedestal de ébano siempre adherido a las patas, cruzó la habitación y, como un proyectil cayó sobre el cráneo del pobre tío José Pedro.
Al tocarlo -recuerdo perfectamente el pedestal osciló como un péndulo y vino a golpear con su base -que debe haber estado bastante sucia- la gran corbata blanca de mi tío, dejando en ella una mancha terrosa. Junto con ello, el loro clavaba en su calva un violento picotazo. Crujió el frontal, cedió, se abrió y de la abertura, tal cual sale, crece, se infla y derrama la lava de un volcán, salió, creció, se infló y derramó gruesa masa gris de su cerebro y varios hilillos de sangre resbalaron por la frente y por la sien izquierda. Entonces el silencio que se había producido al empezar el ave el vuelo, fue llenado por el más horrible grito de espanto, dejándome paralizado, helado, petrificado, pues nunca habría podido imaginar que un hombre lograse gritar en tal forma y menos el buen tío de hablar lento y cadencioso.
Mas un instante después recobraba de golpe, como una llamarada, mi calor y mi conciencia, cogía de un viejo mortero su mano de cobre y me lanzaba hacia ellos dispuesto a deshacer de un mazazo al vil pajarraco.
Tres saltos y alzo el arma para dejarla caer sobre el bicho en el momento en que se disponía a clavar un segundo picotazo. Pero al verme se detuvo, volvió los ojos hacia mí y con un ligero movimiento de cabeza, me preguntó presuroso:
-¿El señor Juan Emar, si me hace el favor?
Y yo, naturalmente, respondí:
- Servidor de usted.
Entonces, ante esta repentina paralización mía, asestó un segundo picotazo. Un nuevo agujero en el cráneo, nueva materia gris, nuevos hilos de sangre y nuevo grito de horror, pero ya más ahogado, más debilitado.
Vuelvo a recobrar mi sangre fría y, con ella, la clara noción de mi deber. Alzase mi brazo y el arma. Pero el loro vuelve a fijarme y vuelve a hablar:
-¿El señor Juan Em... ?
Y yo, con tal de terminar pronto:
- Servidor de ust...
Tercer picotazo. Mi viejo perdió un ojo. Como quien usa una cucharilla especial, el loro con su pico se lo vació y luego lo escupió a mis pies.
El ojo de mi viejo era de una redondez perfecta salvo en el punto opuesto a la pupila donde crecía una como pequeña colita que me recordó inmediatamente los ágiles guarisapos que pueblan los pantanos.De esta colita salía un hilo escarlata delgadísimo que, desde el suelo, iba a internarse en la cavidad vacía del ojo y que, con los desesperados movimientos del anciano, se alargaba, se acortaba, temblaba, mas no se rompía ni tampoco movía al ojo quedado como adherido al suelo. Este ojo era, repito -hechas las salvedades que anoto- perfectamente esférico. Era blanco, blanco cual una bolita de marfil. Yo siempre había imaginado que los ojos, atrás -y sobre todo de los ancianos-, eran ligeramente tostados.Mas no: blanco, blanco cual una bolita de marfil.
Sobre este blanco, con gracia, con sutileza, corrían finísimas venas de laca que, entremezclándose con otras más finas aún de cobalto, formaban una maravillosa filigrana, tan maravillosa, que parecía moverse, resbalar sobre el húmedo blanco y, a veces, hasta desprenderse para ir luego por los aires como una telaraña iluminada que volase.
Pero no. Nada se movía. Era una ilusión nacida del deseo -harto legítimo por lo demás- de que tanta belleza y gracia aumentase, siguiese, llegase a la vida propia y se elevase para recrear la vista con sus formas multiplicadas, el alma con su realización asombrosa.
Un tercer grito me volvió al camino de mi deber. ¿Grito? No tanto. Un quejido ronco; eso es, un quejido ronco pero suficiente, como he dicho, para volverme al camino de mi deber.
Un salto y silba en mi mano la mano del rnortero. El loro se vuelve, me mira:
-¿El señor Ju... ?
Y yo presuroso:
-Servidor de u...
Un instante. Detención. Cuarto picotazo.
Este cayó en lo alto de la nariz y se terminó en su base. Es decir, la rebanó en su totalidad.
Mi tío, después de esto, quedó hecho un espectáculo pasmoso. Bullía en lo alto de su cabeza, en dos cráteres, la lava de sus pensamientos; vibraba el hilito escarlata desde la cuenca de su ojo; y en el triángulo dejado en medio de la cara por la desaparición de la nariz, aparecía y desaparecía, se inflaba y se chupaba, a impulsos de su respiración agitada, una masa de sangre espesa.
Aquí ya no hubo grito ni quejido. Únicamente su otro ojo, por entre los párpados caídos, pudo lanzarme una mirada de súplica. La sentí clavarse en mi corazón y afluir entonces a éste toda la ternura y todos los recuerdos perdidos hasta la infancia, que me ataban a mi tío. Ante tales sentimientos, no vacilé más y me lancé frenético y ciego. Mientras mi brazo caía, llegó a mis oídos un susurro:
-¿El señ... ?
Y oí que mis labios respondían:
- Servid...
Quinto picotazo. Le arrancó el mentón. Rodó el mentón por su pecho y, al pasar por su gran corbata blanca, limpió de ella el polvo dejado por el pedestal y lo reemplazó un diente amarilloso que allí se desprendió y sujetó, y que brilló como un topacio. Acto continuo, allá arriba, cesó el bullir, por el triángulo de la nariz disminuyó el ir y venir de los borbotones espesos, el hilo del ojo se rompió, y el mentón, al dar contra el suelo, sonó como un tambor. Entonces sus dos manos flacas cayeron lacias de ambos lados y de sus uñas agudas, dirigidas inertes hacia la tierra, se desprendieron diez lágrimas de sudor.
Sonó un silbido bajo. Un estertor. Silencio.
Mi tío José Pedro falleció. (...)
13 de agosto de 2014
Extracto de "El arco y la lira" de Octavio Paz
"La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aisla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega a la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no-dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la Idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal. Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. Voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita, ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!"
11 de agosto de 2014
El mudo
Silente pudiendo no serla,
esta habitación no ha sido rota
por mi voz porque la he dejado
en el olvido.
De mis palabras extravié el
sonido.
Y aún así:
¿De qué serviría aplaudir
si no puedo gritar?
¿De qué sirve golpear las paredes
si no puedo maldecirlas,
o quejarme de su silencio
sepulcral?
No recuerdo ni el tono, ni el
volumen,
ni el timbre de lo que pudo ser
la respuesta a tu pregunta,
o el gatillo de alguna
conversación
donde te pediría que alejaras de
mí
este mutismo, o más bien
la mala memoria de mis cuerdas
vocales.
Que alejaras de mis manos el
aplauso, o de mis puños el odio
con el que he eclipsado
la inquietud verbal de estar
quieto.
Pero ahora, con la boca cerrada,
recuerdo el vuelo de aquellas
palabras que se disparaban
por entre mis labios hacia tu
oído,
por debajo de mi lengua,
de forma veloz y a veces torpe,
con miedo de ser atrapadas por
las cerraduras calladas de mi cuerpo.
Chicha Ruidosa
5 de agosto de 2014
Sin título
Hablamos de amor sin saber su enigmático idioma
o rozamos la adrenalina pero solo en nuestros sueños
y a quién le importa a quién le ha importado alguna vez de lo que hemos hablado
no somos nada más que palabras gritadas al viento que nos llevan a viajar sin rumbo alguno sin ningún seguro sin pedirnos permiso
manoseamos las palabras sin cautela sin ninguna vergüenza jugamos a ser poetas a ser grandes voceros a manipular el lenguaje de nuestro lado para decir cosas bonitas pero no sabemos nada quizás todo es mentira nuestras vidas y las suyas invisibles
somos locos todos todos locos somos
puede que al final de esta historia ustedes tengan razón y nosotros seamos los pobres diablos.
Anónimo
o rozamos la adrenalina pero solo en nuestros sueños
y a quién le importa a quién le ha importado alguna vez de lo que hemos hablado
no somos nada más que palabras gritadas al viento que nos llevan a viajar sin rumbo alguno sin ningún seguro sin pedirnos permiso
manoseamos las palabras sin cautela sin ninguna vergüenza jugamos a ser poetas a ser grandes voceros a manipular el lenguaje de nuestro lado para decir cosas bonitas pero no sabemos nada quizás todo es mentira nuestras vidas y las suyas invisibles
somos locos todos todos locos somos
puede que al final de esta historia ustedes tengan razón y nosotros seamos los pobres diablos.
Anónimo
4 de agosto de 2014
Naturaleza
Sintiendo al viento
me fui con él.
Caminando,
sintiendo al suelo
me convertí en tierra.
Viendo a ese pájaro
me deslicé por el aire,
trasladándome al bote
en el lago floté.
Escuchando al tambor
me di cuenta
que somos tambores.
Frente al fuego,
mis ojos me mostraron
mi interior.
Mirando,
descubrí que el tiempo
es un gran artista,
creando paisaje
y sorprendiendo a la vista.
Tré
me fui con él.
Caminando,
sintiendo al suelo
me convertí en tierra.
Viendo a ese pájaro
me deslicé por el aire,
trasladándome al bote
en el lago floté.
Escuchando al tambor
me di cuenta
que somos tambores.
Frente al fuego,
mis ojos me mostraron
mi interior.
Mirando,
descubrí que el tiempo
es un gran artista,
creando paisaje
y sorprendiendo a la vista.
Tré
3 de agosto de 2014
En paz
Muy cerca de mi ocaso,
yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.
... Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.
... Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
Amado Nervo
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